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Contra el miedo a la IA v2

Última actualización: 8 de octubre de 2026 1:03 pm
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Hace poco escuché la historia de que, en 1982, el sindicato de músicos de Gran Bretaña quiso prohibir el uso de sintetizadores porque significaban una amenaza para su trabajo. De repente, un solo instrumento electrónico podía reproducir el sonido de 40 violines. El intento de esta prohibición coincidió con una gira de Barry Manilow, el famoso cantante norteamericano que en ese momento estaba en el pico de su carrera y que había decidido, justamente, reemplazar en su espectáculo a una “big band” de decenas de músicos por un sintetizador que simulaba el sonido de una orquesta completa.

Para los sindicalistas, el concierto de Manilow era la demostración práctica de que los sintetizadores los dejarían sin trabajo y debían prohibirse. El tiempo demostró otra cosa. La música se ramificó y muchos músicos de instrumentos acústicos adoptaron instrumentos electrónicos, la industria de los espectáculos musicales se expandió de manera explosiva (como muestran los innumerables conciertos exitosos en el Movistar Arena) y ahora los músicos tienen más trabajo que antes.

Esta historia y otras de tensión entre tecnología y empleo circulan con velocidad por su innegable parecido con el miedo actual a la IA, especialmente por su impacto en el empleo.

El informe publicado por Anthropic este mes con el título “Economic Scenarios for Transformative AI” establece tres tipos de impacto de la IA sobre el empleo cognitivo: modesto, sustancial y extremo.

Si pasamos por alto el modesto, en el llamado “impacto sustancial” la IA puede hacer la mitad de los trabajos cognitivos (tareas que involucran comprender, analizar, recordar, decidir, planificar, crear o resolver problemas), aunque, según el informe, la IA no se adopta plenamente. El efecto real que se ve en esa proyección es que los salarios de los trabajadores del conocimiento quedan estancados.

En la versión final, la de impacto extremo, el escenario es sobrecogedor. Dice que la IA llega a realizar casi la totalidad del trabajo cognitivo actual y que cerca de 1 de cada 5 trabajadores cognitivos queda desempleado para 2030. Los salarios cognitivos caen un 11,5%.

Pero, más allá de estos números explícitos, es posible predecir otros intangibles, como la zozobra psicológica de millones de empleados cognitivos al ver cómo la IA absorbe sin parar sus delicadas tareas humanas, algunas de las cuales demandaron décadas de preparación personal.

Todo ese escenario laboral de Anthropic sucede en 2030, o sea, dentro de cuatro Navidades y a tres años del mandato presidencial que comience el 10 de diciembre del año que viene en la Argentina. No es necesario ser futurólogo para anticipar que habrá convulsiones.

La confianza, el arma contra el Apocalipsis

Como si faltara algo, en las últimas semanas la prensa se llenó de advertencias sobre riesgos apocalípticos de la IA. Según los propios expertos que la crean y custodian su seguridad, la IA podría salirse de control y matarnos a todos, en algún momento de un arco que va desde fin de año hasta 2035, o nunca. No lo sabemos.

El problema de estas amenazas, reales aunque no podamos evaluar sus verdaderos efectos, es que funcionan como buenos argumentos paralizantes para los que no quieren cambiar. Además, producen una atmósfera sombría sobre la IA que es aprovechada para incentivar la desconfianza y el rechazo.

Un ejemplo. El miedo sirve para alejar la IA de la escuela como si fuese la peste, como hizo el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, que anunció hace poco una moratoria de un año sobre el uso estudiantil de IA generativa en las escuelas públicas de la ciudad, desde los programas para niños de dos años hasta octavo grado. O sea, prohibir o sabotear argumentalmente a la IA parece el camino de los que prefieren el miedo.

Para la Argentina, ese camino es fatal porque desaprovecha una oportunidad inesperada, única y extraordinaria, que jamás creíamos que íbamos a tener. De repente, nuestro país, como otros, adquiere un motor de IA que le permitiría acelerar a velocidades inimaginables, pero el miedo al futuro, el discurso conservador de sindicatos, comercios y profesionales que ven en cualquier movimiento de la IA una amenaza a su condición, incluso a sus privilegios, promueve la inmovilidad.

Si miramos las escuelas y pensamos qué se hizo desde el lanzamiento de ChatGPT en 2022 hasta ahora, veremos muy poco: tímido e improductivo. Vemos más limitaciones y prohibiciones que creación y progreso. Es desalentador.

Mi propuesta es acelerar. Acelerar al máximo para alcanzar lo bueno y anticiparnos a los problemas. Crear airbags sociales, contención y mecanismos de prevención de daños. Podemos prever, incluso con la propia IA, qué áreas tendrán el mayor impacto, cuáles lo sufrirán primero y ordenar un cronograma de cambios. Encontrar formas urgentes de reconvertir a los trabajadores más amenazados hacia actividades cuya demanda se mantenga. La reinvención no sucederá sola.

Avanzar

La actitud contraria al miedo es el entusiasmo. No es un comportamiento ingenuo. No niega las amenazas que orbitan alrededor de la IA y que, como dije, podemos prever y amortiguar, pero tampoco niega su potencial incomparable para enseñar, curar, producir, organizar y pensar. Ir mucho más lejos de lo que se llegó antes, en todos los campos. Entonces, en lugar de tratar de permanecer asustados en la posición en la que estábamos, hacer lo contrario: avanzar decididos mientras diseñamos la forma de actuar ante las contingencias.

Nos guste o no, tenemos que dejar atrás el mundo anterior. Si vamos a enfrentarnos a los dilemas que plantea la IA en el empleo, la educación y la salud, no hagamos como Mamdani: hagamos lo contrario. No esperemos a que los problemas nos sorprendan. Pongámoslos antes sobre la mesa para anticiparlos, medirlos y enfrentarlos. Hagamos lo mismo en todas las áreas de la vida. Que nada nos detenga.

*El autor es diputado nacional por Pro



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