Después de una batalla, hace ya unos cuantos años, más precisamente en 1676, Mehmed IV, sultán del Imperio Otomano, les exigió a los cosacos liderados por Iván Sirko que se rindieran sin resistencia. Los cosacos respondieron con una sarta de insultos. En una carta le espetaron al sultán “despojo babilónico”, “diablo turco”, “carnicero de Macedonia”, “hermano y compañero del demonio”, “secretario de Lucifer”, todas cosas que en el siglo XVII en esa zona del mundo eran consideradas bastante ofensivas, junto con otras imperecederas más soeces, incluso escatológicas, que para ahorrar sonrojos no vale la pena reseñar acá.
Aquella densa carta inspiró al pintor ruso Ilyá Repin a crear entre 1880 y 1891 -sí, le llevó once años- “La respuesta de los cosacos zapórogos”, su obra más famosa. Según una leyenda, la obra estuvo colgada en el despacho de Stalin, quien se sabía de memoria todos los insultos. Con su recuerdo del suceso deleitaba a ocasionales visitantes.
No se puede decir que los insultos cosacos resultaran a la postre tangenciales. El Imperio Otomano se enfureció, Mehmed IV hizo arrasar las fortalezas cosacas en el bajo Dniéper, la Guerra Ruso-turca se consolidó y la región sufrió décadas de devastación y hambruna.
Milei, desde luego, no es el primer líder que insulta a un líder de otro pueblo. En todo caso es el primero que en contextos democráticos le dice “ladrón”, “basura socialista”, “presidiario”, “corrupto”, “delincuente”, “comunista recalcitrante” y “puerco” a un presidente (elegido ya tres veces) de un país vecino con el cual llevamos 203 años de relaciones diplomáticas, los últimos 35 como principal socio comercial. Y también es el primero que dice que los insultos de esta especie no afectan para nada las relaciones binacionales.

El arte de insultar a nivel internacional tradicionalmente alcanzó mayor dimensión, como cabe imaginar, bajo contextos bélicos y entre autócratas que en tiempos de paz y con regímenes democráticos. Lo cual tampoco significa que todas las guerras tuvieran un momento de intercambio de insultos vulgares ultrajantes ni que ese intercambio hubiera sido cándido.
Tampoco se deberían confundir los insultos personalizados entre gobernantes con los epítetos institucionalizados que se aplican antes o durante las batallas para deshumanizar al enemigo y bajarle la moral, demonización que ayuda por un lado a la tropa a matar sin culpa y por el otro, al propio pueblo a justificar el uso de la violencia extrema. Los gobiernos generalmente necesitan convencer a sus ciudadanos de que el bando contrario es intrínsecamente maligno. El bien contra el mal, un relato que viene de lejos. Ya los faraones egipcios no representaban a sus enemigos como ejércitos rivales legítimos sino como las fuerzas del caos. El enemigo maligno amenazaba la creación divina.
Un caso interesante sucedió durante la Primera Guerra Mundial cuando el kaiser Guillermo II habló en una orden militar de 1914 del despreciable e insignificante ejército británico, agravio que los soldados ingleses convirtieron en un título de honor. Se empezaron a llamar a sí mismos “The old comptemtibles” (los viejos despreciables) para luego demostrar que eran capaces de frenar el avance de las tropas alemanas en Francia. Muchos años más tarde los historiadores revisaron los archivos alemanes y no encontraron ninguna copia física de la supuesta orden del kaiser. De lo cual infirieron que el insulto alemán había sido magnificado o directamente nunca había existido y que se trató de un invento de la propaganda británica para indignar a la población y envalentonarla.
Tal vez habría que valorar que los insultos de Milei, que en teoría no buscan que los argentinos odien a los brasileños sino que los brasileños odien a Lula, son genuinos, auténticos, de una franqueza encomiable. Es más o menos lo que dicen hoy algunos libertarios cuando defienden el derecho del Presidente a expresarse con maravillosa soltura.
Existe considerable bibliografía sobre los insultos administrados a lo largo de la historia, pero no se sabe si Milei la consultó antes de emprender la hazaña de arrojar sobre Lula, en dos ediciones (por ahora), toneladas de verba estercolada, o sólo pensó, como repitieron distintos analistas, en espejar y complacer a su benefactor de Mar-a-Lago. A juzgar por la exuberante incongruencia de haber firmado casi a la vez un decreto en el que se autorizó a sí mismo a expulsar extranjeros que fuesen autores de expresiones de odio contra la Argentina, el Presidente no parece estar demasiado preocupado por la jurisprudencia o los rigores argumentativos, menos por derrochar coherencia dada la distinción conceptual que en los hechos establece entre odio punible y odio impune.

El respaldo que pretende darle al odio impune es falso. Las relaciones con Brasil no se verán afectadas con sus improperios, sostuvo Milei justo cuando el presidente brasileño ordenaba degradar su representación diplomática a nivel de encargado de negocios, algo que por el principio de reciprocidad ahora corre para ambos países. Si es lo mismo estar con embajador que sin embajador tal vez sea hora de preguntarse para qué hay que seguir gastando 653 mil millones de pesos al año para sostener el aparato diplomático nacional, cultor de modales refinados, protocolo elegante, geopolítica sofisticada, más choferes, canapés y todo eso cuando las cosas pueden arreglarse mucho mejor mediante puteadas callejeras. El Instituto del Servicio Exterior de la Nación podría transformarse en una oficina de reparto de entradas para ir a la cancha, esa escuela ancestral de la retórica rupestre.
Milei parece interesado antes que nada en demostrar su teoría, o su deseo, de que el vínculo real entre los Estados se rige por las dinámicas de mercado privadas.
Las compras, las ventas y los riesgos financieros de importar y exportar podrán ser entre privados, lo mismo que la logística transfronteriza, pero al marco regulatorio lo fijan los gobiernos: los estados controlan las fronteras, aplican impuestos, exigen licencias, establecen normas sanitarias y fitosanitarias que habilitan el flujo de las mercaderías. No hace falta que el comercio llegue a bloquearse con grandilocuencia mediante embargos, restricciones cambiarias o sanciones económicas, para poner micro trabas está la burocracia. A veces alcanza con reponer una norma en desuso para ralentizar una importación o demorar repuestos en el puerto. Para que las cosas fluyan muchas veces intervienen los gobiernos a través de distintos agentes. Eso requiere un clima propicio. Que no es el clima de los insultos en la cima.
Pero ya que Milei le presta tanta atención a Trump, y muchas veces lo copia, tal vez debería reparar en cómo utiliza él la política arancelaria para regular sus alianzas, la amistad o enemistad, la lealtad con casi todos los países del mundo. ¿Para Trump el comercio internacional no es un asunto entre privados?
Por estos días no suena nada bien eso de que “todo es un asunto entre privados”. Primero porque, usado con sentido negativo, es el mismo axioma al que apela el gobierno para desentenderse del drama de los argentinos en mora, un problema creciente que por sus dimensiones -alertan especialistas- amenaza la estabilidad pública, no sólo la de los seis millones de particulares involucrados. Y segundo porque también fue la verónica a la que echó mano Néstor Kirchner hace dos décadas para despegarse del caso Skanska, primer escándalo de la corrupción kirchnerista, que resplandeció pocos días atrás debido a que el Tribunal Oral Federal N° 4 dictó sentencia definitiva. Condenó tanto a empresarios como a dos espadas de la corrupción K, los ubicuos Julio de Vido y José López. Al final Skanska no era un problema entre privados.
El segundo argumento que usa Milei para defender sus adjetivos estruendosos también es falaz: una falacia de elusión. Dice, y lo repiten todos los voceros del gobierno, que el primero que se metió en los asuntos internos fue Lula cuando hizo campaña para Massa. Es cierto. Fue así. Pero eso no tiene equivalencia con los insultos alocados, la equivalencia está en la intromisión en los asuntos internos de otro país, la que Lula practicó con Massa y Milei ejercita con Flavio Bolsonaro.
En la era de las redes el me gusta/no me gusta, la ira, el seudodebate faccioso, estridente, propenso al escándalo continuado, llegó a las relaciones internacionales. De ahí viene la pretendida naturalización del insulto.
Con Brasil no está todo fantástico, sólo que es temprano para dimensionar el costo de lo que Milei llama franqueza.

