Silvia soltó la frase del año: «La gente no busca los cargos, los cargos buscan a la gente». ¡Imaginate la escena! Silvia caminando tranquila por la Plaza de Santa Lucía y, de repente, ¡ZAS!, un sillón municipal la empieza a perseguir por la vereda. Ella corre, intenta escapar, pero el cargo es persistente. «¡Déjame, cargo acosador, que solo venía por unas semitas!». Finalmente, el cargo la acorrala y ella, por pura cortesía, tiene que aceptar. ¡Qué sacrificio, por Dios!
Fuentes dijo que la intendencia «no está en su radar». Lo que no aclaró es que su radar es un modelo ultra-avanzado que detecta candidaturas a 500 kilómetros de distancia, incluso bajo el agua. Es como cuando tu pareja te pregunta: «¿Viste que abrieron una heladería nueva?» y vos respondes: «No estaba en mi radar», mientras ya conoces el sabor de dulce de leche granizado, porque saliste de trampa con tu chica.
Si puede manejar el Ministerio de Educación —donde hay más drama que en la AFA, y los gremios te saludan con un ojo entrecerrado—, Santa Lucía para ella es un spa. «¿Arreglar un bache? nahhh, yo hice que los chicos de primer grado no pierdan los lápices. ¡Eso sí es gestión extrema!». Ella se siente lista, si mañana le piden que pilotee un cohete a Marte o que explique por qué nunca los colectivos llegan a horario a las paradas, ¡Silvia va y lo hace!
Su lealtad al gobernador Marcelo Orrego es tal que si Marcelo le dice: «Silvia, necesito que seas candidata a Intendente de Júpiter», ella ya está comprando el casco en una ferretería de Santa Lucía. «Donde el proyecto me necesite», dice, mientras de reojo ya está midiendo las cortinas del despacho municipal.
Silvia no quiere ser candidata, pero ya tiene el eslogan, la foto de la boleta y sabe qué vecinos saludan con la mano y cuáles con un ladrido de Dogo. Santa Lucía, preparate, ¡la ministra está en modo «disponible para eventos y campañas»!, porque como dicen quienes están a su lado, «es trabajadora, honesta y tesonera», cosa no menor en el mundo de la política.

