Si alguna vez la AFA decide abrir una escuela de pensamiento político, Claudio “Chiqui” Tapia debería dar la cátedra principal: Resistencia Creativa I. Porque mientras otros se esconden abajo de la cama cuando huelen a expediente, Tapia hace exactamente lo contrario: se sienta más fuerte en el sillón, sonríe, y pide otra foto institucional.
El “plan de resistencia” del presidente de la AFA no tiene nada que envidiarle a una saga de Netflix. Tiene intriga, enemigos invisibles, aliados de ocasión, escenarios internacionales y, sobre todo, una convicción inquebrantable: no soltar el poder ni aunque venga la FIFA, la Justicia y Doña Rosa con una antorcha.
Tapia entiende algo fundamental del poder argentino: el que se levanta, pierde. Así que ante cualquier ruido raro —financieras, denuncias, preguntas molestas— la respuesta es clara: aferrarse al sillón como gato mojado a cortina nueva. Cuando el panorama local se pone espeso, Chiqui aplica la vieja máxima: si no podés explicar tu patrimonio, andate a Suiza. Ahí aparece la FIFA, Infantino, los salones con alfombras caras y esa sensación mágica de que cuanto más lejos estás del conurbano, más inocente parecés. Porque no hay nada más tranquilizador que decir: —“Yo no tengo problemas, tengo agenda internacional”.
Gobernadores, intendentes, dirigentes, clubes… Tapia no busca aliados: colecciona respaldos como figuritas repetidas. Comunicados idénticos, frases calcadas, elogios tan exagerados que uno sospecha que se escribieron con copia y pega desde un drive compartido llamado “Bancamos a Chiqui”. En el mundo Tapia, las críticas no existen: son “operaciones”. Las denuncias no son denuncias: son “ataques”. Y las preguntas incómodas son siempre culpa de alguien que “no quiere al fútbol argentino”. Porque nada defiende mejor una gestión que envolverla en la bandera y poner a Messi de escudo humano.
Si la cosa se pone fea, siempre está la Selección. ¿Investigaciones? Messi sonríe. ¿Expedientes? Scaloni abraza. ¿Preguntas? Copa del Mundo. Es el detergente emocional más poderoso del país: limpia imagen, borra dudas y deja aroma a gloria. El plan de resistencia de Chiqui Tapia no es improvisado: es una doctrina. Una mezcla de astucia barrial, diplomacia internacional y una fe inquebrantable en que, en Argentina, el poder bien agarrado no se cae: se hereda, se estira y se defiende a los empujones. Porque mientras haya una pelota rodando, un comunicado de apoyo y una foto con alguien importante, el sillón sigue firme. Y si el edificio tiembla… que tiemble.
Chiqui ya aprendió el truco: resistir no es explicar, es aguantar.