Chile continúa perdiendo capacidad para agregar valor a uno de sus principales recursos estratégicos: el cobre. Hoy, el 75% de la producción está en manos de empresas privadas que refinan apenas el 20% del mineral que extraen. El resto sale del país como concentrado, sin mayor procesamiento, reduciendo las oportunidades de industrialización y desarrollo interno.
En los últimos 34 años, la participación del Estado en la producción de cobre cayó hasta el 25%. Sin embargo, Codelco sigue marcando una diferencia: procesa más del 60% de su producción en fundiciones y refinerías propias. En contraste, el sector privado exporta cerca del 80% del mineral prácticamente sin valor agregado.
A este escenario se suma otra realidad: casi ocho de cada diez trabajadores de la minería —el 78%— están bajo el régimen de subcontratación. Un modelo que, según distintos análisis, también influye en cómo se distribuye la riqueza que genera una de las industrias más rentables del país.
Pero la mayor contradicción aparece al observar las regiones mineras. Antofagasta, corazón de la producción de cobre chilena, exhibe un PIB per cápita cercano a los 95.000 dólares, comparable con el de las economías más desarrolladas del mundo. Sin embargo, esa riqueza no se refleja plenamente en la calidad de vida de sus habitantes: la región mantiene una tasa de pobreza del 16,4%.
Las cifras abren un debate de fondo: ¿por qué un país líder en producción de cobre sigue exportando gran parte de su riqueza sin procesarla y convive, al mismo tiempo, con profundas brechas sociales en las zonas donde esa riqueza se genera?

