En el barrio Wilkinson, algunos kioscos tienen de todo: cigarrillos, golosinas, gaseosas y, aparentemente, otros productos que no figuran precisamente en la lista de precios de ningún almacén de barrio.
Después de tres meses de investigación, las autoridades realizaron un procedimiento que terminó con el desmantelamiento de un presunto punto de venta de estupefacientes. Durante el operativo secuestraron cocaína y marihuana, dos productos que, por supuesto, no estaban destinados a preparar ni alfajores ni una inocente picadita de domingo.
La investigación llevó su tiempo. Fueron tres meses de trabajo para reunir elementos y avanzar sobre un lugar que, según la pesquisa, funcionaba como punto de comercialización de drogas.
Mientras tanto, los vecinos seguramente seguían con su rutina habitual: salir a comprar el pan, conversar en la vereda, mirar quién pasa y enterarse de las novedades del barrio. Si algo caracteriza a los barrios, es que a veces todos se enteran de todo antes que cualquier noticiero.
Finalmente, llegó el momento del procedimiento y el supuesto negocio tuvo que bajar la persiana, aunque esta vez no por falta de clientes ni porque se hubiera terminado la mercadería.
El resultado fue el secuestro de cocaína y marihuana, en un operativo que vuelve a poner sobre la mesa una problemática que preocupa a cualquier comunidad: la venta de drogas en los barrios.
Porque una cosa es tener un kiosco en la esquina para salvarte cuando te quedaste sin azúcar, yerba o una gaseosa, y otra muy distinta es convertir una vivienda en un supuesto punto de comercialización de estupefacientes.
Tres meses de investigación, un operativo y una persiana que, al menos por ahora, ya no se levantará para atender al público. Y esta vez, parece que no habrá cartelito de «vuelvo en cinco minutos».

