El oficialismo decidió convocar a una sesión especial el próximo miércoles a las 15 en la Cámara de Diputados. ¿El objetivo? Aprobar de una vez por todas la reforma de la Ley de Glaciares… porque aparentemente los hielos también necesitan “retoques” legislativos, como si fueran candidatos en campaña.
Mientras tanto, el clima político está más cargado que tormenta de verano en San Juan: relámpagos, truenos y algún que otro rayo directo al patrimonio de ciertos funcionarios nacionales que creció más rápido que dólar en crisis. Entre viajes, números que no cierran y créditos hipotecarios de más de 200 mil dólares (¡ni el Monopoly viene tan generoso!), el ambiente está… digamos… “interesante”.
Desde el oficialismo, el entusiasmo es total. “El martes dictamen, el miércoles sesión”, dicen, como si fuera una receta de cocina. Solo falta que alguien grite “¡horno precalentado y a votar!” mientras los diputados hacen fila como si fueran a retirar empanadas.
El famoso “poroteo” —ese arte milenario de contar votos como si fueran figuritas difíciles— les da números cómodos: entre 130 y 134 manos levantadas. O sea, tienen más apoyos que influencer regalando sorteos.
Y claro, no están solos: aliados, aliados de los aliados, conocidos, ex conocidos, y diputados de provincias mineras que aparecen con la precisión de un GPS cuando hay temas que… digamos… les “interesan particularmente”.
Pero lo mejor viene ahora: algunos votos opositores también entrarían al combo. Sí, esos mismos que en público fruncen el ceño pero en privado levantan la mano con una sonrisa discreta. La coherencia, bien gracias… debe estar stuck en un glaciar.
Ahora bien, el verdadero drama no es la ley. No, no. El problema es abrir el recinto. Porque abrirlo es como abrir la puerta de un gallinero con zorros adentro: la oposición quiere aprovechar para interpelar al jefe de Gabinete.
Y ahí el oficialismo entra en modo zen: “Que griten, que pataleen, que hagan catarsis… nosotros nos llevamos la ley”. Básicamente, una sesión legislativa convertida en terapia grupal con final feliz (para algunos).
La oposición, mientras tanto, no se queda atrás y presiona para que el Congreso deje de ser una escribanía automática. Algunos hasta piden un poco de dignidad institucional… lo cual, en este contexto, suena casi como pedir silencio en un recital.
Y en el medio, el PRO —esa especie de comodín político— tiene la llave del asunto. Todos los miran, todos los seducen, todos esperan que no hagan la clásica: hacerse los distraídos y desaparecer justo cuando hay que votar.
La ley de Glaciares es una ley importantísima, un recinto que parece una olla a presión,
diputados contando votos como si fueran dólares (¡UPS…!) y una sesión que promete más show todavía.

