Miren, saquemos cuentas entre nosotros. Todos los que alguna vez agarramos la Ruta 20 para irnos a Caucete a comer unas buenas semitas o visitar a la familia sabemos que eso no es una ruta, es una prueba de fe. Así que cuando el director de Vialidad Provincial, Omar Lucero, salió a decirnos que convertirla en autopista va a tardar tres pirulos enteros (36 meses, sí, leyeron bien), a más de uno se nos aflojó el mate.
Pensemos en lo que significa esto para el día a día. Estamos hablando de 24 kilómetros y medio donde se supone que vamos a tener doble calzada, separadores y colectoras. Hermoso, divino, un sueño europeo. ¿El pequeño detalle? «El tránsito nunca se va a cortar», nos prometen. Se va a tener que convivir con miles y miles de vehículos, topadoras cruzándose, obreros compartiendo el termo y desvíos que parecen laberintos sin salida, eso para aplacar los nervios.
Básicamente, los próximos tres años van a ser un acto de paciencia comunitaria, vamos a terminar conociendo de memoria cada rincón del desvío, saludando con bocinazos cómplices a los otros conductores que van sufriendo al lado nuestro y rezándole a la Difunta Correa cada vez que veamos una máquina grande al borde del camino. ¿Vale la pena?, CLARO QUE SI, cuando por fin esté lista vamos a llegar a Caucete en un suspiro. Pero hasta que llegue ese glorioso día, vayan haciendo amigos en el taller mecánico, porque nuestros queridos amortiguadores van a necesitar contención psicológica. ¡Fuerza, vecinos!

