Lo que para Rubén Ponce parecía un simple accidente de tránsito terminó convirtiéndose en una de las escenas más estremecedoras de su carrera. El agente del Servicio Penitenciario Provincial fue el primero en llegar al lugar donde Gema Álvarez era atacada y, pese a estar desarmado y bajo fuego, hizo todo lo posible por salvarle la vida.
El hecho ocurrió mientras Ponce circulaba por la Costanera. Al observar una motocicleta y un automóvil detenidos, creyó que se trataba de un siniestro vial y continuó su marcha. Sin embargo, decidió regresar para verificar la situación y fue entonces cuando descubrió que una mujer, tendida sobre el asfalto, levantaba una mano pidiendo ayuda.
Al iluminar la escena con una linterna, apareció el agresor. Según relató el penitenciario, el hombre reaccionó disparándole de inmediato. Sin posibilidades de responder porque estaba desarmado, se arrojó al piso y utilizó uno de los vehículos como resguardo para protegerse de los tiros.
Instantes después llegó otro motociclista. Ponce le advirtió que no avanzara y le indicó que buscara cobertura, ya que el atacante continuaba disparando. Mientras permanecían a resguardo, el agente llamó al 911, informó que pertenecía al Servicio Penitenciario y pidió con urgencia la presencia de la Policía y de una ambulancia.
Cuando el agresor escapó, Ponce avanzó con extrema precaución hasta llegar junto a la joven. La encontró boca abajo, sujetando una mochila, con una grave herida en el cuello. Debido a la abundante pérdida de sangre, no pudo determinar si la lesión había sido causada por un arma de fuego o un arma blanca.
Con los escasos recursos que tenía a disposición, improvisó maniobras para contener la hemorragia mientras continuaba brindando información a los operadores de emergencias. Pese a los esfuerzos realizados, el estado de la víctima empeoró rápidamente y falleció antes de la llegada del personal médico.
Durante esos minutos también intentó conocer su identidad. Le preguntó cómo se llamaba, pero la joven apenas logró responder con unas pocas palabras. Al advertir la gravedad de sus lesiones, evitó que siguiera hablando para no agravar aún más su estado.
El penitenciario sostuvo que en todo momento permaneció atento ante la posibilidad de que el agresor regresara al lugar. Sin arma reglamentaria y sin conocer si el atacante actuaba solo, continuó asistiendo a la víctima hasta el final.
Al recordar lo sucedido, Ponce reveló que el temor nunca dejó de acompañarlo, aunque aseguró que el compromiso con su profesión fue más fuerte. «Pensé en mi hijo, en mi mamá y en toda mi familia. Actué por instinto. Podría haber sido cualquiera de ellos. Para esto nos formamos: para ayudar a quien más lo necesita», expresó con visible emoción.

