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Argentina y la revolución pendiente que no llega con Milei

Última actualización: 21 de julio de 2026 12:03 am
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En la Argentina hay un casillero vacío que sigue siendo esquivo para la política. La aparición de Javier Milei en el firmamento electoral argentino tampoco logró capturarlo. Hay una demanda subterránea por una motivación vital transversal y trascendente. Surge en momentos únicos. Se vio desde que empezó el Mundial, y sobre todo, desde el partido contra Inglaterra. La Selección argentina de Messi y Scaloni y las Malvinas logran capturar esa corriente escurridiza y crossover de ideologías, clases sociales y edades que la política no acierta en representar. El problema es que esa demanda hace tiempo que no se traduce, del otro lado del mostrador, en una oferta política tan audaz como inteligente y con chances de llegar al poder, y ejercerlo con decisión.

La demanda está sostenida en un entramado de millones de argentinos que deja de lado sus prejuicios rabiosos y conecta emocionalmente, y al unísono, con las dos causas: la camiseta de la Selección como bandera de todos y paraíso perdido y las Malvinas como dolor transgeneracional que se arrastra desde hace cuarenta y cuatro años. Un nacionalismo de baja intensidad, lejísimo del nacionalismo conservador y católico, o del nacionalismo procesista que alimentó la Guerra de Malvinas, o del nacionalismo xenófobo que ve fantasmas en el dígito de extranjeros en la Argentina.

El nuevo nacionalismo

El Mundial y la emoción Malvinas muestra una oportunidad para una oferta política que ponga sobre la mesa un liderazgo superador que haga lo difícil sin romper el tejido social: acelerar a la Argentina hacia adelante en el progreso económico sostenible, de macro ordenada y micro a todo vapor, sin acentuar la polarización ciudadana y política. La utopía perfecta: que no sólo no agrave la polarización, sino que, al contrario, contenga multitudes.

Porque ya quedó claro: cualquier cambio de régimen que destrabe a la Argentina por uno o dos mandatos, va a quedar frenado por el futuro movimiento del péndulo en una lógica estéril de extremos. El milagro político de la transformación para siempre depende del milagro social del surgimiento de una Argentina de consensos racionales y emocionales básicos.

Lo que se huele en esa demanda es una especie de orgullo alegre por ser argentino: un nacionalismo inocente, sin voluntad de construir enemigos. Apenas, enfocada en disfrutar de la familia, el asado con amigos, el fútbol, las librerías, las vacaciones, la escuela pública, de una pista donde tirar unos pasos y en valorar el esfuerzo diario como manera de salir adelante. Esta Selección representó muy bien algo de todo eso: amigos, esfuerzo, ascenso social en el Mundial, o en la vida, y una sensibilidad leve, que llevó al acto espontáneo de recoger una bandera arrojada desde la tribuna, sin premeditación ni alevosía ideológica. Pura sospecha de sensibilidad compartida entre pibes de hoy y pibes de ayer en las islas.

Ahí hay material narrativo y propositivo suficiente para una política que abandone el horizonte sacrificial, de batallas culturales y guerra contra los poderes fácticos, y proponga la belleza de la vida cotidiana y el compromiso con la tarea. Por ahora, es un guante que nadie logra recoger.

Esa sociedad sólo se expresa, por el momento, en el fútbol mundialista y en el dolor malvinero. Algo despuntó también en la muerte del Indio Solari: una transversalidad federal y social, de seguidores de todas las edades en todo el territorio.

Para todos los Gobiernos, esas causas, y más si están entretejidas, son un problema. El caso de Milei no es una excepción: su calidad de outsider, cada vez más machucada desde que es poder desde hace dos años y medio, tampoco le alcanzó para encontrar una nueva relación con la demanda Malvinas y una nueva posición para leer el tema Selección nacional de manera políticamente constructiva.

El mileísmo y el tablero monocomando

En el mileísmo, hay un problema básico de conexión emocional: el monocomando de la rabia deja afuera los cincuenta matices emocionales que mueven el deseo de una sociedad, es decir, de los votantes. ¿Muerta la rabia, o trasladada al Gobierno que la representó mejor que nadie en 2023, qué queda? El mileísmo en el poder no tiene una respuesta que ofrecer: la rabia y la división es un acto reflejo.

En general, el Gobierno que está en el poder no logra convertirse en el gobierno de todos. Alfonsín la tuvo algo más fácil, en un punto: la Argentina que gobernó Alfonsín tenía un enemigo común que estaba por fuera de la sociedad, el poder militar. La cohesión llegó por esa vía, y un liderazgo alfonsinista que supo leer la época en ese sentido. No es casual que la Selección del ‘86 celebró su triunfo en el Mundial desde el balcón de la Casa Rosada. Tampoco es casual que Alfonsín se hizo a un costado para despejar cualquier sospecha de aprovechamiento político para su propia figura: la conciencia de su carácter de figura de consenso pesaba en esa coreografía.

En 2014, ya se notó un cambio: la Selección salió vicecampeona en ese Mundial y fue Cristina Kirchner la que se trasladó hasta Ezeiza para recibirlos: la Selección en camino a un poder simbólico mayor que la esfera política y la Casa Rosada. Y una Cristina Kirchner que copó la escena con su protagonismo: la mención de Ezequiel Lavezzi como “sex symbol” es una prueba del pasaje de la ejemplaridad alfonsinista al narcisismo cristinista. Con Alberto Fernández, la Selección campeona rechazó la invitación a Casa Rosada, y en Ezeiza, Lionel Messi esquivó el abrazo de Eduardo “Wado” De Pedro que se acercó a recibirlo: Claudio “Chiqui” Tapia hizo de escudo humano para impedir esa apropiación. La cercanía a la política dejó de ser, definitivamente, un activo que conviniera a la Selección. Al contrario, se convirtió en el riesgo de contagio de un sesgo.

En el caso de Milei, motivos cabuleros lo dejaron en la Argentina. Fue el único mandatario, de los que debían estar en la Final, que faltó a la cita. La cábala funciona en dos sentidos: para no llevar mala suerte a la Selección repitió el modo en que vio los partidos anteriores, pero también evitó que una derrota quedara pegada a su presencia. Milei evitó ser considerado “mufa” o “yeta”. En ese punto, Mauricio Macri es el que lo resolvió con más eficacia: estuvo presente como funcionario de Fundación FIFA en el Mundial de Qatar, y pese a todo, Argentina salió campeona. La suerte estuvo de su lado.

Mundial y traspiés mileístas

Pero en los dos temas que se cruzaron como nunca la última semana, Malvinas y fútbol, el Gobierno tuvo problemas. La ministra de Seguridad Alejandra Monteoliva fue más enfática de lo necesario para evitar que los fanáticos llegaran con banderas politizadas a los partidos. La sábana-bandera de un muchacho de Villa Luro, que recogió la Selección del césped del estadio, produjo un cimbronazo geopolítico y fue la evidencia de esa demanda emocional vigente en torno a Malvinas. El sobregiro disciplinador de Monteoliva dejó offside al Gobierno: quedó afuera del aura de la emoción Malvinas.

Victoria Villarruel retomó la retórica procesista y nacionalista conservadora para referirse a la Selección de Inglaterra: “piratas usurpadores”, los llamó, en un lenguaje que no representan el tono de la demanda más generalizada. Con el olfato de siempre, Patricia Bullrich se desmarcó de Monteoliva y se sacó foto alentando a la Selección con un termo que tenía impreso: “Islas Malvinas. Siempre nuestras”.

Desde Casa Rosada, el momento Malvinas de la Selección fue difícil de digerir. Milei ensayó respuestas que no terminaron de quedar claras: ¿condenó o no a la Selección por generar ruido en la diplomacia? El festejo de la Final también representó un desafío: desde el viernes, hubo versiones sobre un asueto. El Gobierno anunció un festejo y un asueto antes de tiempo, que ayer quedó completamente desactivado por los mismos jugadores. La Selección también es cabulera: una fuente autorizada confirma que nadie en el círculo rojo de Tapia estaba dispuesto a plantearle el tema a Messi y sus muchachos antes de que se jugara el partido del domingo. Lo único que había anticipado: la reserva de un avión y de espacio en la pista argentina para el domingo a la noche.

Mundial y Malvinas obligó a todos a hacer algún malabar. Jorge Brito, el banquero que va en busca de su destino de outsider, en un pase que todavía está libre, también aprovechó el momento: hubo postal familiar donde Brito destacó con una remera con el impreso de Malvinas y el año 1982.

No es humo

La estructura emocional argentina con mayor base de sustentación política sigue huérfana. Una demanda social que por ahora sólo encuentra respuesta en una oferta alejada del tablero político: el fútbol de Mundiales y el sentimiento Malvinas, una emocionalidad hecha desde abajo, que produce alegría y también dolor auténtico, y que sorprende cada vez que emerge. No logró representarla el kirchnerismo con todos los fuegos artificiales de la polarización. Tampoco Milei.

“Liderazgo superador” dispara las alertas: suena a humo. Pero el concepto tiene algo de verdadero: la Argentina sigue a la espera de una figura política, con su armado propio, que reinvente las posibilidades argentinas. Pro y Mauricio Macri representaron en parte esa opción en 2015: el giro republicano en el ejercicio de la política y una voluntad política de racionalidad económica. Se quedó corto: en ese hueco, se coló Milei. Los libertarios coparon el poder a fuerza de convencimiento político a la hora de dar el giro macroeconómico como respuesta a todo. No va a alcanzar.

El giro completo implica la convergencia de las tres volteretas clave: giro republicano, giro macroeconómico y el giro del cemento emocional. Todos, o la mayoría de los argentinos, tirando hacia el mismo lado. Esa pulsión convertida en emoción generalizada, es decir, esperanza futura sostenida: sobre esa vibración se construye el futuro duradero. Al contrario, si domina la percepción de fracaso o de éxito que excluye a muchos, en un momento la calesita de la historia vuelve a cero.

No hay que confundir “liderazgo superador” con una propuesta buenista bienpensante o una ilusión de cohesión hecha de centrismo retórico: esa impostura está presente en el tablero político y hay nombres y apellidos que se apropian de ese fingimiento. En el cuadrante peronista, Sergio Massa viene hace años con ese intento: la esperanza blanca y capitalista de un pero-kirchnerismo demasiado corrido a la izquierda y hacia el distribucionismo deficitario sin sostenibilidad. En el cuadrante de centro derecha, Horacio Rodríguez Larreta suele caer en la tentación de un discurso de pretensión transversal, pero que se termina convirtiendo en un discurso vacío.

La esperanza es captar algo que supere grietas y coseche votos por derecha e izquierda. Pero sigue faltando un liderazgo que dispute el poder saltando por arriba del laberinto de la polarización y que dé una respuesta inteligente y aurática, contagiosa y emocional, con futuro de orden macro y micro sólida.


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