Una emergencia cardíaca puede ocurrir en cualquier cancha, gimnasio o complejo deportivo. Sin embargo, no todos los establecimientos cuentan con desfibriladores ni con personas entrenadas para actuar ante un paro cardíaco. El reclamo busca instalar una discusión incómoda: la seguridad dentro de los espacios deportivos, ¿es suficiente?
Una pelota en movimiento, un entrenamiento, una competencia, cientos de personas compartiendo un mismo espacio. Todo parece formar parte de una actividad saludable. Pero una emergencia médica puede cambiarlo todo en cuestión de segundos.
Y cuando ocurre un paro cardíaco, esperar a que llegue una ambulancia puede significar perder un tiempo que resulta determinante.
La advertencia vuelve a poner en discusión las condiciones de seguridad de los espacios deportivos de San Juan y, particularmente, la necesidad de contar con desfibriladores externos automáticos y personal capacitado para utilizarlos.
El planteo fue realizado por Jorge Olivero, empresario relacionado con la administración de espacios deportivos, quien considera necesario avanzar hacia mayores exigencias para clubes, gimnasios, canchas y otros establecimientos donde diariamente se concentran deportistas y público.
EL PROBLEMA NO ES SOLO TENER UNA AMBULANCIA
Los establecimientos deportivos deben atravesar distintos controles y contar con habilitaciones y coberturas para poder funcionar.
Pero la pregunta es qué sucede durante esos minutos críticos en los que una persona se desploma y necesita asistencia inmediata.
Contar con un servicio de ambulancia resulta fundamental, pero existe un período entre el momento de la emergencia y la llegada del equipo médico.
Es justamente allí donde puede intervenir una persona capacitada en RCP y un desfibrilador.
El tiempo juega en contra. La capacitación y el equipamiento pueden jugar a favor.
UN DESFIBRILADOR PUEDE ESTAR A METROS Y NO EXISTIR
Los desfibriladores externos automáticos fueron diseñados para asistir ante determinadas emergencias cardíacas y pueden ser utilizados siguiendo las indicaciones del propio dispositivo.
Sin embargo, su presencia no está extendida de manera uniforme en todos los espacios deportivos.
Olivero señaló que el valor de estos equipos constituye una dificultad para algunos establecimientos y estimó que actualmente los modelos más económicos pueden rondar los $2,5 millones.
La discusión vuelve entonces a un punto central: ¿es demasiado caro prevenir una muerte?
Para muchos clubes y pequeños emprendimientos deportivos, adquirir el equipamiento representa un esfuerzo económico importante. Pero para quienes impulsan la iniciativa, debería analizarse como una inversión en seguridad y no simplemente como un gasto.
EL EQUIPO NO SIRVE SI NADIE SABE QUÉ HACER
Hay otro problema.
Un desfibrilador colgado en una pared no garantiza por sí mismo una respuesta eficaz.
Frente a una emergencia, alguien debe reconocer lo que está sucediendo, pedir ayuda, iniciar RCP, buscar el equipo y utilizarlo correctamente mientras llega la asistencia médica.
Por eso, la propuesta apunta también a incrementar la cantidad de personas capacitadas en reanimación cardiopulmonar y respuesta ante emergencias.
En algunos establecimientos ya existen profesores o trabajadores con conocimientos de RCP. El desafío sería transformar esa capacitación individual en una política permanente.
¿DEBERÍA SER OBLIGATORIO?
El interrogante comienza a instalarse:
¿Debería exigirse que los espacios deportivos tengan un desfibrilador y personal capacitado?
La eventual obligación alcanzaría a distintos tipos de establecimientos, desde grandes instituciones hasta clubes de barrio, canchas privadas y otros lugares donde se desarrollen actividades deportivas.
La discusión tampoco debería quedar limitada al fútbol.
Básquet, vóley, futsal, gimnasios, escuelas deportivas y numerosas disciplinas reúnen diariamente a personas de diferentes edades.
Y en cualquiera de esos lugares puede producirse una emergencia.
LA SEGURIDAD TAMBIÉN SE MIDE ANTES DEL ACCIDENTE
El debate abre además una discusión más amplia sobre las condiciones generales de los establecimientos.
Olivero mencionó cuestiones vinculadas con instalaciones eléctricas, sanitarios y elementos estructurales, entre ellos los arcos de fútbol, que deben encontrarse correctamente asegurados para evitar accidentes.
La lógica de fondo es sencilla: no alcanza con habilitar un espacio; también hay que garantizar que sea seguro para quienes lo utilizan.
La prevención suele parecer innecesaria mientras no ocurre ningún accidente.
El problema es que, cuando ocurre, ya puede ser demasiado tarde.
UNA DISCUSIÓN QUE NO DEBERÍA ESPERAR A LA PRÓXIMA TRAGEDIA
La propuesta pone a las autoridades frente a una cuestión concreta.
Si miles de sanjuaninos concurren semanalmente a clubes, gimnasios, canchas y complejos deportivos, ¿qué herramientas existen para responder durante los primeros minutos de una emergencia?
Porque una ambulancia puede estar en camino.
Pero mientras llega, la persona que está al lado del paciente puede convertirse en el primer eslabón de una cadena que termine salvando una vida.
Capacitarla cuesta tiempo.
Comprar un desfibrilador cuesta dinero.
Pero no estar preparados puede tener un costo infinitamente mayor.
La pregunta ya está planteada. Ahora falta saber si San Juan está dispuesto a responderla antes de que una nueva emergencia obligue a hacerlo de manera dolorosa.

