Un día como hoy pero hace 81 años, comenzaba a quedar claro que las reglas del juego en la Argentina no volverían a ser las mismas que antes. Lo que quizás no fuera tan obvio entonces es que aún en pleno siglo XXI seguiríamos pagando las consecuencias de ese cambio.
Casi un siglo antes, la Constitución de 1853 había abierto una era de liberalismo económico que había llevado al país a mantenerse cómodamente como uno de los diez países más ricos del mundo por varias décadas entre fines del siglo XIX y principios del siglo XX. Las instituciones no eran las mejores: había fraude electoral y corrupción. Pero el Estado no pretendía planificar la economía y los emprendedores, en general, eran libres de “probar suerte”, la condición que Deirdre McCloskey identifica como crítica para el crecimiento. La base de la economía, cada vez más integrada al mundo, eran las exportaciones. Ahí residía la ventaja comparativa del país.
En 1945, el coronel Perón no era un recién llegado; ya había participado del golpe de 1930. Hábil político, la dictadura inaugurada en 1943 le había permitido tomar una serie de medidas que le otorgaban el favor de los sindicatos: obligar a las empresas a aumentar salarios en zonas urbanas, fijarlos en el campo, crear un fuero laboral en la justicia para poblarlo con jueces amigos, y varias más.
Perón tampoco era demasiado original. Luego de haber sido enviado a Italia se había embelesado con Benito Mussolini, cuyo fascismo definía como un “gran movimiento espiritual contemporáneo”. Pero sus simpatías con el nazi-fascismo no eran exclusivas de él, como tampoco el apoyo a una creciente intervención del Estado en la economía. Después de la Gran Depresión, el corporativismo y el proteccionismo ya estaban asomando en el mundo.
Aún así, como escribió Roberto Cortés Conde, nada influyó tanto en la vida argentina de la segunda mitad del siglo XX como el peronismo. Antes de Perón, la política estaba al servicio de la economía; después, la economía quedaría al servicio de la política. El 17 de octubre es el acta de nacimiento de esa inversión y por eso su verdadera importancia no está en lo que celebra, sino en lo que dejó instalado: una idea equivocada, la industrialización planificada por el Estado, que creó condiciones económicas muy difíciles de revertir hasta el día de hoy.
Si hay un motivo por el que el 17 de octubre importa, es por la forma en que un incipiente sistema corporativista-proteccionista fue llevado al extremo por Perón. Una vez electo en 1946, fue a fondo: antes de que terminara la década, el gasto público sobrepasaría los 45 puntos del PBI, un nivel nunca antes registrado en la Argentina moderna. Durante su gestión las reservas del BCRA caerían, también sin precedentes, un 75%. El comercio exterior sería monopolizado por un Estado que inicialmente se quedaba con más de la mitad de los ingresos de los exportadores, mientras imponía aranceles a las importaciones estimados en un récord de 500% hacia 1950. Las expropiaciones serían variadas, desde medios de comunicación y ferrocarriles hasta fondos de pensiones.

No sorprende que de esta forma pudiera subir un 35% el salario real de los trabajadores industriales en los primeros tres años de Perón, ni tampoco que pudieran otorgarse enormes subsidios a través del Estado y la Fundación Eva Perón: el problema es que estaban completamente disociados de la realidad económica. En el Estado, solo se podían sostener si se arrebataba una caja tras otra; en el sector privado, si los empresarios eran compensados. Lo primero se hizo; con aranceles, créditos y servicios subsidiados pensados para beneficiar a la industria, el gobierno trató de hacer también lo segundo. Para pagarlo, recurrió a la inflación, que había desaparecido décadas atrás, pero no fue suficiente: al final, con precios de exportación desfavorables, el propio Perón no tuvo más opción que ajustar. La recesión fue tan feroz como el crecimiento inicial: los salarios volvieron al mismo nivel inicial o quedaron aún peor que antes.
¿Pero por qué todo esto, que pasó hace 81 años, suena tan actual? Porque los beneficiados por las políticas peronistas, es decir los industriales y los que ahora tenían sindicatos fuertes, no iban a darse por vencidos tan fácilmente. Así es como el sistema peronista sobrevivió a su creador: la Constitución peronista de 1949 fue anulada por los militares, pero sus elementos centrales fueron incorporados por ellos mismos en 1957 mediante el famoso artículo 14 bis que sigue vigente. Desde entonces ellos aceptaron, al igual que los radicales que vinieron después, el cierre económico, la industrialización planificada, el rechazo de la ventaja comparativa de la Argentina. Cuando Perón volvió, por supuesto, también hizo peronismo.
El resultado de la persistencia de este sistema corporativista-proteccionista fue que la Argentina, que en 1945 tenía un PBI per capita que duplicaba el de España, para 1990 tenía más o menos la mitad. El país quedó atrás en relación a prácticamente todos. La integración comercial que se dio en el mundo después de la Segunda Guerra Mundial fue rechazada por la Argentina: aunque haya habido varios intentos de apertura en las últimas décadas, el país se cerró para no volver a abrirse.
A partir de Perón, los argentinos dejamos de hacer lo que hacíamos bien para pasar a hacer lo que el Estado, sus corporaciones amigas y los sindicatos dictaminaron. Todavía hoy, incluso bajo un gobierno que entiende el problema y busca solucionarlo, el sector privado productivo lucha por liberarse del yugo de impuestos astronómicos, retenciones insólitas, aranceles a las importaciones extravagantes y regulaciones asfixiantes. Todavía hoy reaccionan a cualquier intento de cambio, y con mucha fuerza, los grupos de interés cuya subsistencia depende de que la economía argentina sea una cárcel administrada por el Estado.
La pesada herencia del 17 de octubre es hoy tan palpable como triste. Quienes fueron a Plaza de Mayo un día como hoy hace 81 años no podían prever este curso de los acontecimientos, pero no por eso dejaron de ser trágicos. Esta fecha debe servir como un recordatorio de lo urgente que es desandar el camino que la Argentina tomó desde entonces.
Analista para América Latina del Instituto Cato

