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Diario Plural San Juan > Opinión > Todas las vidas caben en una sola
Opinión

Todas las vidas caben en una sola

Última actualización: 12 de septiembre de 2026 8:19 am
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Mi hija mayor, que está viviendo en España, vino a Buenos Aires a hacer algunos trámites. Me encanta tenerla de vuelta en casa. En el trato cotidiano, en conversaciones espontáneas que muchas veces no pasan de temas triviales, vuelvo a sentir esa cercanía que por suerte nunca perdí, aunque ahora se da de otro modo, cara a cara, sin necesidad de llenar con la imaginación los vacíos que suelen dejar las charlas telefónicas a distancia, en nuestro caso, de un lado del Atlántico al otro. Cuando quiero darme cuenta, a los pocos días su presencia en casa se ha vuelto tan natural que es como si nunca se hubiera ido, primero a vivir su independencia en una casita que alquiló junto a una amiga, y después al encuentro de su experiencia europea junto a su pareja, en una ciudad cercana a Barcelona. Ya no tengo que llevarla al colegio en mañanas inhóspitas ni buscarla en la madrugada a fiestas que empiezan después de medianoche y terminan cuando el primer sol hiere los ojos. Tampoco hacerle el jugo de naranja en el desayuno. Es una adulta, tiene su vida, y eso lo cambia todo. Esta casa a la que ha vuelto por unas semanas es la misma en la que creció, pero también es otra, y hasta sus padres son otros. Acaso por eso anda por ahí recolectando objetos o libros de su infancia y adolescencia que se llevará consigo cuando se vaya, como el arqueólogo que rescata y limpia las reliquias que desentierra, memoria de otro tiempo que no quiere perder.

Anteayer me pidió libros sobre mitología para un trabajo que tiene que escribir por estos días. El primero que se me ocurrió fue un libro de Joseph Campbell en diálogo con Bill Moyers, El poder del mito, que compré y leí al poco tiempo de haberme casado, a mediados de los años 90, incluso compartiendo la lectura de algunos tramos con mi mujer. Al abrir las páginas de un libro que durmió en un estante durante muchos años puede caer alguna cosa, una carta, una receta médica, un boleto de tren, una flor seca, algo que por alguna razón dejamos ahí sin mucha conciencia de ello y después olvidamos. Cuando mi hija abrió el libro de Campbell y empezó a hojearlo, cayó una foto.

Me reconocí enseguida, aunque había olvidado esa foto por completo. Podría no haberme reconocido, porque ese personaje de veinte años, de pelo largo y enmarañado, que viste una musculosa de Flamengo y rema en una canoa por las aguas del río Negro, un afluente del Amazonas, está a años luz de la persona que soy hoy, al menos en el aspecto físico.

-Mirá, Papá en sus años salvajes -dijo mi hija mostrándole la foto a su madre, inspirada quizá por la selva frondosa que crecía en la orilla y contra la que se recortaba la figura-. ¡Qué flaco estabas!


Seguro que esa fotografía, después de andar unos días dando vueltas, volverá a dormir su sueño entre las páginas de un libro


Es verdad, sostengo el remo con brazos que no son precisamente los de un remero vikingo. Perdí esa delgadez hace años, claro, como también se fueron los rulos de ese pelo largo que durante parte de mi adolescencia fue mi orgullo, una seña de identidad, y también la pesadilla de mi padre y de profesores empeñados en meterle tijera de podar. Frente a la foto que los tres mirábamos, comenté la distancia que había entre quien yo había sido ayer y quien era hoy, lo mismo que diría cualquiera que vuelva a una imagen suya tomada cuarenta años antes.

-Menos mal –dijo mi hija, riendo-. Porque vos podrías haber sido un hippie.

No sé si yo podría haber tenido una vida de hippie, no creo, pero sí otra distinta de la que tengo. Ese muchacho que rema en aguas oscuras en realidad no sabía muy bien hacia dónde rumbear. Por eso no tenía fecha cierta de regreso a casa. Vivía entre paréntesis, día a día, sin otro horizonte que seguir de viaje, aunque con todos los senderos abiertos. Posibilidad en estado puro. Desde aquel día en que remaba en la canoa pasaron muchas cosas. Y todas ellas, incluso las más insignificantes, trajeron a ese chico, en una misteriosa combinación, hasta aquel que soy ahora.

Nuestros deseos, pulsiones, sueños, miedos, dialogan con los hechos y las personas que nos van saliendo al paso, y al caminar optamos por esto o aquello sin poder conocer o identificar el momento exacto en que un gesto o una decisión cualquiera define nuestro destino. Mientras nos encamina hacia un norte determinado y a veces inexorable, ese gesto clausura los “podría” que no hemos vivido, otras versiones de nosotros mismos que no serán y que solo podremos vivir en la imaginación. Sin embargo, esos “podría” son también parte nuestra. Una parte quizá secreta, que nos acompaña sin que los demás lo sepan.

Seguro que esa fotografía, después de andar unos días dando vueltas, volverá a dormir su sueño entre las páginas de un libro. Tengo varias así, perdidas en la biblioteca. Tomadas a través de los años, reflejan etapas o versiones mías que han quedado atrás, aunque han sobrevivido por las suyas a mudanzas y cambios de estado civil. Cada tanto me sorprenden cuando, desprevenido, estiro la mano y abro una novela o un ensayo. Por alguna razón, esas fotos no encontraron sitio en el álbum familiar y andan dispersas por ahí. Entonces, sin saber qué hacer con ellas, pero sin ánimo de tirarlas, cuando aparecen las meto en un libro. A veces las uso como señalador y después ahí quedan. Por eso me pasa cada tanto. Voy hacia los estantes en busca de un autor y de pronto me encuentro a mí mismo. Me saludo con gusto, sin nostalgia. Tenemos una sola vida, pero en ella caben muchas. Soy también aquel que no fui.




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