La primera vez que me interrogó la policía yo tenía catorce años. Había escapado de la casa de mis padres. No podía respirar tranquilamente estando cerca de mi padre. Temía que, una vez más, me insultase, me pegase. Por eso robé una joya de mi madre, subí a un autobús rumbo al centro de la ciudad, malvendí la alhaja y, con ese dinero, me alojé en un hostal de tres estrellas, en una calle poblada por putas, borrachos y malandrines. El recepcionista me cobró tres noches por adelantado y después, felón, llamó a la policía y reportó que un menor de edad se hallaba alojado en ese establecimiento de dudosa reputación. Los agentes del orden, dos señores obesos, vistiendo uniformes verdes, no tardaron en llegar. Tocaron a mi puerta. Me preguntaron por qué no estaba en mi casa. Les expliqué que me había visto en la necesidad de huir porque mi padre, para conjurar a los demonios que lo atormentaban, se sacaba el cinturón y me daba correazos en el trasero. Me dijeron que debían llevarme a la comisaría y enseguida llamarían a mi padre. Con sangre fría, saqué mi billetera, les ofrecí dinero, aceptaron el soborno y se marcharon. Una semana después, cuando me quedé sin billetes, regresé a casa de mis padres. Mi madre me recibió, sollozando. Mi padre no me dijo nada. Creo que mi madre, tan piadosa, tan desapegada de las cosas materiales, no echó en falta la prenda que le había hurtado.
La casa de mis padres era una cárcel para mí. No me estaba permitido ser quien yo deseaba ser. Mi padre, cojo, desdichado, quería redimirse de su cojera, haciéndome militar. Mi madre, beata sin malicia ni doblez, soñaba con hacerme sacerdote o preceptor moral del Opus Dei. Mi idea mínima de la felicidad se reducía a alejarme de ellos el mayor tiempo posible. Con sus palizas, mi padre me rebajaba a despojos; con sus plegarias, mi madre sofocaba mis deseos, desdibujando mi identidad. La promesa de la libertad resplandecía allá lejos, huyendo de aquella casa en el campo cuyos dominios eran tan extensos que no teníamos vecinos ni amigos en el barrio. Por eso volví a escapar. Esta vez compré un asiento en el tren y me dirigí a un pueblo lejano, allá arriba, en las montañas, para ver un partido de fútbol. Yo era apasionado del fútbol. Mi corazón latía más intensamente cuando jugaban los celestes patrocinados por una empresa cervecera. No por enfermar del mal de altura me abstuve de caminar hasta el estadio y vivar a mi equipo. En el hotel, hice amistad con unos turistas europeos que me invitaron marihuana en una pipa. Aquella vez probé el cannabis. No me disgustó. Alertada por el recepcionista, la policía se presentó en el hotel y confiscó la marihuana. En el tren de regreso a la ciudad, conocí a un joven que, años después, fue canciller de la república, y a otro que acabó siendo primer ministro. Les sorprendió que, con catorce años, yo viajase en tren a ver un partido de fútbol. Preferí no contarles que mi casa era un campo de concentración.
No siempre escapaba con joyas y dinero de la casa de mis padres. Cierta vez me encontraba tan desesperado, tan angustiado, que me marché andando con lo que tenía puesto, sin un billete ni una moneda, y caminé durante horas, persiguiendo la utopía de la libertad. Cuando llegué a un barrio acomodado, me detuve a descansar en el parque. El hambre y la sed acicatearon mi imaginación. Tramé entonces una fechoría. Esperé a que comenzara la misa de seis de la tarde, me senté en una banca, recé por la salvación de mi alma y, cuando advertí que era el momento de recoger las donaciones de los fieles, no vacilé en coger un canasto y, con aires de monaguillo, pasar la cesta de tela, fila por fila, recibiendo los billetes y las monedas que dejaban caer, culposos, los parroquianos. Tan pronto como llegué a la última hilera, entré en un confesionario vacío, metí los billetes y las monedas en mis bolsillos y salí a toda prisa. Ya fuera del templo, corrí en dirección al mar. Llegando al malecón, me reí a carcajadas, orgulloso de haberle robado al cura, y luego compré helados. No me sentí mal por haber robado. Sentí que ese dinero me pertenecía a mí, no al cura al que le había birlado. Sentí que esa religión, la de mis padres, estaba en deuda conmigo, y era justo resarcirme de los oprobios a los que ella me había condenado. Luego caminé hasta un hostal cerca del malecón, donde la señora de la recepción se dejó sobornar a cambio de darme una llave y permitirme descansar en una habitación. Sin embargo, las donaciones expoliadas del templo sumaban poco dinero y por eso me vi en la obligación de vender mi reloj, regalo de mi abuelo, que me tenía un cariño especial y me decía “el que sabe, sabe, y el que puede, puede”. Sentí una vergüenza profunda cuando se me acabó la plata del reloj y le robé la cartera a una señora en la iglesia, mientras se dirigía a comulgar. Merecido castigo me llevé al comprobar que solo había un par de billetes que no alcanzaban para nada. Regresé al infierno, la casa de mis padres.
Meses después, ya con quince años, me encontraba de vuelta en el mismo parque, tendido en una banca a medianoche, tratando de dormir unas horas, tras escapar de la opresión familiar que me condenaba a ser el soldado raso de mi padre y el santo precoz de mi madre. No tenía dinero para pagarme un hostal. No quería seguir robando en la parroquia. Después de todo, a veces creía en Dios. Debajo de la banca en la que dormitaba, corrían las ratas buscando restos de comida. El parque estaba lleno de ratas gordas y de muchachos que se prostituían, ofreciéndose a los autos que pasaban, disminuyendo la velocidad, sus conductores, casi siempre hombres, escudriñándolos a lo lejos, a veces bajando la ventanilla para hablar con esos jóvenes insolentes, desalmados. Desde mi banca, observaba todo aquello con fascinación. Cada tanto se detenía un auto conducido por una señora y el joven elegido subía a acompañarla. Como yo, esos jóvenes seguramente escapaban de algo malo, asfixiante, insoportable, y encontraban en el parque, en sus tentaciones y sus vicios, unos espacios de libertad y de redención personal: por fin podían ser lo que les daba la gana y cobrar por ello.
Esa noche, sin embargo, apareció la policía en varios vehículos. Temerosos, los jóvenes se echaron a correr. Muchos de ellos fueron capturados y llevados a la comisaría, otros consiguieron burlar a los agentes y ponerse a buen recaudo. Yo no me moví de mi banca y los policías no me arrestaron, tal vez porque, triste y abatido, exhausto y confundido, no parecía estar ofreciéndome a nadie. Un rato después, la policía se marchó y los jóvenes no regresaron. Pasaban los autos con los señores urgidos, las señoras ansiosas, enemistadas con la soledad, pero no estaban, como solían estar, los muchachos del pecado, los jóvenes de las caricias furtivas.
Para mi estupor, vi que un auto de lujo se detuvo y su conductor descendió lentamente. Era calvo. Lo reconocí de inmediato. Era el hermano de mi madre, el hombre más rico de la familia. Solterón, sin esposa, novias ni hijos, dueño de minas, navegante intrépido, decían que le gustaban los hombres y, en particular, los marinos, y él no hacía nada para desmentir esos rumores, porque ejercitaba su libertad de un modo risueño, desinhibido. Paseó por el parque, acaso buscando a un muchacho que le mejorase la noche, y vino andando, con aire melancólico, hasta la banca desde la que yo lo miraba con curiosidad. Al verme, soltó una risa franca y me preguntó qué demonios hacía allí, en ese parque de los vicios y las tentaciones, a esa hora de la noche. Le dije que había escapado de mis padres. Me miró con cariño. Me ordenó que lo acompañase. Subimos a su auto, me llevó a una cafetería y tragué como preso recién liberado. Mientras yo comía, me preguntó si me prostituía en el parque. Le dije que no. Me prohibió que lo hiciera. Luego me llevó a la casona señorial en que vivía. Me pidió que me duchase. Enseguida me dijo que dormiríamos juntos, en su cama, en calzoncillos. Puso dos almohadas, separándonos. No hizo nada indebido, deshonesto. Dormí profundamente. Me sentí querido, comprendido, protegido. Pensé: cuando sea grande, quiero ser como él, no como mi padre. Al día siguiente, mientras desayunábamos, pensé que ese tío extravagante era el padre que me hubiera gustado tener.

