Porque una cosa es imaginarse sentado en una mesa de negocios internacionales y otra muy distinta es descubrir que apenas alcanzás para poner las sillas.
La dirigencia empresaria local acaba de realizar un descubrimiento científico extraordinario. Después de décadas de estudios, investigaciones y profundas reflexiones, llegó a una conclusión revolucionaria: para competir con empresas gigantes hay que unirse.
La noticia provocó conmoción en la comunidad académica mundial. Los expertos ya comparan semejante hallazgo con la teoría de la relatividad, el descubrimiento de la penicilina y la comprobación de que el agua efectivamente moja.
Resulta que los proyectos mineros que se vienen son tan grandes que muchas empresas locales, solas, tienen la misma capacidad de respuesta que una bicicleta playera compitiendo contra un Fórmula 1.
Por eso ahora en la UIA todos hablan de «sinergias», «alianzas estratégicas», «clusters productivos» y otras expresiones elegantes que, traducidas al yarco sanjuanino significan, «si no nos juntamos nos pasan por arriba». Y vaya si nos pueden pasar por arriba, mientras algunos empresarios locales recién están aprendiendo a pronunciar «cadena de valor», ya vienen empresas de Santa Fe, Córdoba, Mendoza, Chile, Canadá, Australia y medio planeta con los motores encendidos.
Es como organizar un asado y descubrir que los invitados llegaron dos horas antes, se comieron la picada, eligieron los mejores cortes y encima preguntan dónde están las llaves de la casa. Lo más divertido es que muchos siguen creyendo que por el simple hecho de vivir en San Juan ya tienen un lugar asegurado en el negocio, una ternura. Para enfrentar a los chinos de Vicuña, hay que hacerlo con el cuchillo entre los dientes, como salió el ministro Gustavo Fernández a defender San Juan, mientras el mundo de la minería está en silencio absoluto, ¿y el ministro de Mineria?
La minería no funciona como un acto partidario donde reparten lugares por cercanía, a las mineras les importa poco dónde naciste, quién fue tu padrino político o cuántas veces saludaste a Gioja, Uñac y Orrego en una inauguración. Preguntan algo mucho más cruel, ¿Puede cumplir?, ¿Puede entregar?, ¿Tiene escala?, ¿Tiene calidad?, ¿Tiene espalda financiera? Si la respuesta es no, te despiden con una sonrisa corporativa y siguen viaje.
Mientras tanto, aparecen las promesas de siempre, que habrá participación local, que habrá desarrollo local, que habrá prioridad para proveedores locales, que habrá empleo local, que habrá oportunidades para todos (Veremos como sale la ley de proveedores locales). Una lista tan extensa que parece el catálogo de promesas de campaña de los últimos treinta años, y cuidado, todo eso puede ser cierto, el problema es que ninguna ley convierte un taller chico en una multinacional, ningún decreto fabrica competitividad, y ninguna conferencia de prensa produce experiencia técnica.
Si fuera tan fácil, Argentina exportaría Ferrari en vez de crisis económicas, la verdadera batalla recién empieza, y ya Vicuña demostró cómo se mueve contratando todo afuera. El boom minero no distingue entre optimistas y pesimistas, distingue entre preparados e improvisados, entre los que invirtieron y los que esperaron, entre los que estudiaron el examen y los que aparecen con cara de sorpresa cuando les reparten las preguntas, San Juan está sentada sobre una montaña de cobre, pero la historia argentina está llena de provincias ricas administradas con una creatividad que haría quebrar un kiosco.
Por eso la gran incógnita no es cuánto cobre hay, la gran incógnita es quién se va a quedar con la tajada, si seguimos llegando tarde a nuestra propia oportunidad, corremos el riesgo de protagonizar otra especialidad nacional, mirar por la ventana cómo otros hacen fortuna con recursos que estaban debajo de nuestros pies. LOS SANJUANINOS NO QUEREMOS que el famoso boom minero termine pareciéndose a esos casamientos donde el dueño de casa paga la fiesta, presta el salón, compra las bebidas… y termina comiendo un sánguche de mortadela parado junto a la cocina mientras los invitados brindan con champagne, simplemente NO LO QUEREMOS.

