Toda historia es ambigua: se entreteje con personajes y perspectivas que, en su diversidad, entran en conflicto, se mestizan y algunas veces consiguen acuerdos. Como nadie es dueño de la verdad, es necesario que los antagonistas interactúen con buena fe y pasión. Las dos décadas del kirchnerismo galvanizaron en su contra a todo el arco republicano, pero ese rechazo unánime al populismo despilfarrador, al desorden en las calles y a las malas compañías de Chávez y Maduro ocultaba grandes diferencias. Los verdaderos debates quedaron en suspenso, escondidos. Si una virtud involuntaria tiene el mileísmo, es poner en primer plano el hecho de que las soluciones no son tan obvias ni unívocas como creíamos, con lo cual afloran las postergadas discusiones sobre la decadencia argentina.
Un debate inaugural fue aquel entre Alberdi y Sarmiento en el siglo XIX: el primero, sugiriendo que el crecimiento podía edificarse sobre cierta manipulación electoral inicial, para que en una segunda etapa, una vez que estuvieran los ciudadanos bien alimentados, se pudiera votar libremente, mientras que Sarmiento anclaba su cosmovisión en la idea innegociable de “educar al soberano”. Economía primero vs. educación primero. En ese caso se logró una síntesis con los gobiernos de Roca y Pellegrini, que insuflaron vitalidad a la Argentina moderna. Es probable que los ingresos fueran superiores a la productividad, es probable que haya habido atisbos de corporativismo, es probable que haya habido fraudes, pero es innegable que se consiguió una síntesis sobre la cual el país despegó con un potente sistema educativo, una flota de guerra y una clase aventajada que aceptaba pagar impuestos. Mientras el Estado proveía ciertos servicios –educación, salud, seguridad, cementerios–, el mercado movilizaba el desarrollo de una portentosa clase media.
Pero en esa misma peripecia podemos identificar ya el gran debate del siglo XX, que nunca pudo saldarse. En una extrema simplificación, podríamos llamarlo el debate entre la Argentina liberal y la Argentina peronista. Hubo un momento en que el mercado empezó a mostrarse impotente para atender las expectativas de esas aluvionales masas inmigratorias, de esos grandes contingentes que habían llegado de Europa a un país que prometía un bienestar que, de a poco, empezaba a tornarse esquivo. La solución más rápida parecía ser rebajar el nivel de vida, pero –como ha señalado con agudeza el historiador Roy Hora– por la misma idiosincrasia de esa sociología de emprendedores transatlánticos, inmigrantes con una enorme pulsión de progreso, ese escenario resultó a todas luces inviable.

Es ahí cuando irrumpe el peronismo como una emergencia: captó con perspicacia que la verdad económica no era única y universal, sino que dependía, en gran medida, del sujeto histórico al cual se aplica. Lo que venía a decirle el peronismo al país liberal era que tener la mejor medicina no aseguraba la curación si el paciente no estaba dispuesto a tomarla con aplicación y regularidad, que no podía hacérsela tragar contra su voluntad. Ese argumento fue nutrido con tres fuentes adicionales, todas claves en su consolidación política y, a la vez, en el deterioro institucional del país: dosis de autoritarismo, un fuerte corporativismo y una estética plebeyista. Fue la antítesis.
Faltaba la síntesis entre la idea plausible de tener equilibrio fiscal, por un lado, y satisfacer o reacomodar las aspiraciones de las clases medias y medias bajas, por el otro. Pero los antagonistas no quisieron entablar ningún diálogo, se atrincheraron en sus postulados. Donde la vieja Argentina liberal se mantenía en su temperamento de que la racionalidad era el orden fiscal y las asimetrías jerárquicas, la Argentina peronista zanjaba el naciente conflicto distributivo bajo el atajo de que era posible reemplazar con el Estado –y con el gambito de la sustitución de importaciones– lo que el mercado ya no aportaba, sin importar si esa operación redundaba en mayor inflación o mayor deuda pública.
El país no tiene salvación cuando se considera al otro un traidor, cuando ambos bandos creen que ellos son la Historia y el otro, el Error
Los últimos setenta años de la Argentina están marcados a fuego por vaivenes, por barquinazos propios de este desencuentro fatal y disolvente, de esta renuencia a sintetizar el equilibrio fiscal con el ineludible sustrato sociológico del país. Tal vez el mayor intento de una síntesis fue el menemismo, pero terminó en el fracaso y la crisis de 2001. El país no tiene salvación cuando se considera al otro un traidor, cuando ambos bandos creen que ellos son la Historia y el otro, el Error. Como dijo Juan José Sebreli en un artículo publicado en Sur en 1952: el agua pura no es potable, la pureza es enemiga de la vida. No estoy haciendo una apología del coreacentrismo –al que siempre me he opuesto–, ni de la tibieza, ni del arreglo con los corruptos, sino lo contrario: apuesto al poder de la comunicación del que hablaba Jürgen Habermas, a la disponibilidad de un ágora.
Sin embargo, con la elección de 2023 aquel desencuentro entre dos “verdades” irreconciliables pareció superarse: una original mayoría aparentaba estar súbitamente dispuesta a un brutal ajuste. ¿Habían despertado los argentinos de sus ensueños dogmáticos? ¿Era realmente así o fue un espejismo pasajero? A mi juicio, es cierto que hay mucha gente harta del populismo peronista, pero de ninguna manera esta sociedad está dispuesta, cuando se habla de servicios concretos, a las amputaciones que propone el mileísmo en el poder.
¿Está acaso la sociedad argentina dispuesta, en nombre del equilibrio fiscal, a no tener universidad pública o a tener una de bajísima calidad? ¿Está la sociedad argentina dispuesta a que sus jubilados ganen una miseria y tengan que elegir entre comer o comprar remedios? ¿Está la clase media argentina dispuesta a tener edificios públicos en los que no funcionan los baños? ¿Está dispuesta a desatender a los niños discapacitados mientras unos pocos se hacen piletas con cascadas? ¿Está esta sociedad dispuesta a no tener salud pública y que la gente empiece a morir más joven mientras hay “Tesladiputados” exhibicionistas? ¿Está dispuesta esta sociedad, en fin, a convertirse en una masa de analfabetos productivos?
Da la impresión de que el mileísmo lleva al extremo esa contradicción que desangró a la Argentina del siglo XX. No solo no busca una síntesis que admita con humildad que en el otro puede haber parte de razón, sino que hace una apología arrogante de “su verdad”. Esa incapacidad de escuchar al otro, esa soberbia pendenciera –a la que llaman “batalla cultural”– muestra sus resultados tangibles en las interminables filas de las iglesias que ofrecen comida gratis o en las multitudes que acuden a cualquier pedido laboral, pero también en una rabia apenas contenida.
Este cuadro no estaría completo si no llamamos la atención sobre la veta transversal que el programa libertario pide prestada al peronismo. Reponen el matiz autoritario, cuya esencia es la violencia discursiva: del cinco por uno de Perón a las diatribas mileístas; de retacear el papel para los diarios a manipular la pauta publicitaria; de una nueva Corte en 1947 al intento fallido de una nueva Corte en 2025; de la absorción de partidos a la vampirización de dirigentes porosos; de las maniobras en los bordes para reformar la Constitución al abuso de los vetos. Reponen el corporativismo, solo cambian los nombres propios y los detalles: si antes se armaba un grupo empresario para que manejara los medios oficialistas, ahora se articula desde el Estado un plantel de streamers serviles y fanatizados. Y reponen por fin, con un toque kitsch, la estética plebeyista; aquellos modales rústicos de La fiesta del monstruo –el célebre cuento de Bustos Domecq de 1947– en esta nueva versión adoptan un lema acuático: “Cascadas sí, libros no”.

