Lo que se vendió como una interpelación histórica al jefe de Gabinete terminó siendo un papelón de proporciones épicas. La presentación de Manuel Adorni ante el Congreso fue, en el mejor de los casos, un teatro político mal ensayado donde todos los actores cumplieron con sus peores estereotipos: un funcionario que leyó todo desde un papel, una oposición que gritó sin estrategia y un presidente que recorrió los pasillos del Congreso a los insultos como si estuviera en un programa de streaming.
Adorni llegó al Palacio Legislativo con la tarea resuelta de antemano. Durante toda la jornada leyó sus intervenciones sin despegar los ojos del papel, recitando respuestas elaboradas por sus asesores para preguntas que ya sabía con anticipación que le iban a hacer. No hubo improvisación, no hubo debate real, no hubo nada que se pareciera a una rendición de cuentas genuina. Fue una obra de teatro con libreto escrito la noche anterior, donde el protagonista ni siquiera se molestó en memorizar su papel.
Diputados del peronismo decían «Si no le traían todas las cosas que le dieron para leer, no podría haber contestado ninguna pregunta. Eso es muy grave». La estrategia de Adorni fue escudarse en los futuros pronunciamientos de la justicia en las causas que se le siguen, y atacar al peronismo a través de los «incontables delitos de corrupción de una ex-presidente que está condenada y presa por corrupta». Y tenía razón. Nunca se apartó del guion, nunca hubo una sola respuesta espontánea, nunca hubo un solo momento en que el funcionario demostrara que realmente sabía de qué estaba hablando sin que alguien se lo escribiera primero.
Y aun así, con todo ese andamiaje de respuestas armadas de antemano, Adorni no respondió nada sustancial. No explicó el origen de los fondos con los que canceló préstamos millonarios, no aclaró de dónde salió el dinero para costear sus viajes al exterior, no dio ninguna precisión sobre su patrimonio más allá de promesas vagas de que «todo estará en la declaración jurada». En definitiva, leyó durante horas para no decir nada que no supiera ya todo el mundo.
La oposición, por su parte, no se quedó atrás en el ridículo, lejos de articular una estrategia coherente que pusiera a Adorni contra las cuerdas, los bloques opositores se dedicaron a preguntar a los gritos, en un clima de caos permanente que diluyó cualquier atisbo de seriedad institucional. Las bancas parecían más una cancha de fútbol en los minutos finales de un clásico que el recinto donde se ejerce el control republicano sobre el Poder Ejecutivo.
El papelonazo -una vez más-, de los diputados del Frente de Izquierda pusieron lo suyo para completar el cuadro, en el momento en que Adorni mencionó el conflicto en Gaza, desde las bancas se escuchó el grito de «cómplice del genocidio» dirigido a Milei, aportando su cuota de espectáculo berreta a una jornada que no necesitaba más condimentos. El resultado fue que el Gobierno pudo pararse ante la opinión pública y señalar el caos y la corrupción opositora como prueba de que no había nada serio detrás de los cuestionamientos, «ustedes los peronistas con los Kirchner a la cabeza fueron, son, y serán los campeones mundiales de la corrupción, más que cualquier dictador africano, son una inmundicia moral» gritó la diputada de LLA Andrea Vera.
Mientras tanto, las bancas de la oposición se fueron vaciando a lo largo de la jornada, la mejor confesión involuntaria de que ni ellos mismos creían en lo que estaban haciendo. La «interpelación» que prometía ser el gran momento de control republicano terminó siendo exactamente lo que el Gobierno necesitaba, ruido suficiente para tapar el silencio de las respuestas que nunca llegaron.
Pero si hubo un momento que retrató con honestidad brutal el nivel de la jornada, fue lo que ocurrió fuera del recinto, en los pasillos del Congreso. Javier Milei, el presidente de la Nación, recorrió el Palacio Legislativo no como un jefe de Estado que viene a respaldar institucionalmente a su funcionario, sino como un hincha que bajó a la cancha a pelearse con la tribuna contraria.
Cuando un periodista le preguntó si Adorni era corrupto, Milei no se detuvo, no lo miró y respondió a los gritos: «Ustedes son corruptos». Sin más, el presidente de la República, en el edificio más importante de la democracia argentina, insultando a la prensa en los pasillos como si estuviera en la tribuna de Polémica En El Fútbol.
Pero eso fue solo el aperitivo, porque al retirarse, cuando otro cronista le consultó si las explicaciones de Adorni habían sido suficientes, Milei volvió a los gritos: «Es más que suficiente, el caso está cerrado, chorros, corruptos». El presidente de todos los argentinos, en el Congreso de la Nación, llamando chorros a los periodistas que hacían su trabajo.
Y no fue la única perla de la jornada, desde el palco, mientras los diputados de izquierda lo interpelaban, Milei les respondió acusándolos de defender ideas que «causaron más de 150 millones de muertes, ustedes son los asesinos, mataron 150 millones de seres humanos con el comunismo», fue el mensaje presidencial desde las alturas del recinto legislativo,
Al final del día, el balance es desolador para la institucionalidad argentina, un jefe de Gabinete que leyó respuestas preparadas para preguntas que ya conocía, sin responder nada concreto sobre su patrimonio, una oposición que gritó, se vació de bancas y demostró que su indignación tiene fecha de vencimiento. Y el presidente que usó el Congreso como escenario para insultar una vez más al periodismo, y profundizar la grieta. Martín Menem tenía razón, en que había que llevar pochoclo, el circo prometido se cumplió y con creces, la diferencia es que no se cobró entrada, pero todos vamos a pagar el costo, como tantas veces ya pasó en la Argentina.

