John Maynard Keynes falleció el 21 de abril de 1946, a los 62 años. Personalidad multifacética, fue masivamente aplaudido y criticado. Nunca fue ministro de economía de Gran Bretaña, pero participó de la vida pública de su país durante medio siglo. Me pregunto cómo utilizó, y cómo creó, el análisis económico para fundamentar sus consejos y decisiones, alguien que fue fundamentalmente una persona de acción. La famosa frase “en el largo plazo estaremos todos muertos”, la pronunció en 1923. Típica afirmación de una persona de acción.
Al respecto, conversé con el inglés John Keynes Neville (1852 – 1949), padre de Maynard, quien era hijo de John Keynes y de Anna Maynard Neville, de manera que en la Argentina se hubiera llamado como lo acabo de apuntar. Para no confundirlo con Maynard, de aquí en adelante lo denominaré Neville. Alfred Marshall lo propuso para ser profesor en Oxford, pero Neville no quería abandonar Cambridge. Su nombramiento como profesor de economía en Cambridge coincidió con el regreso de Marshall a dicha universidad, por lo cual enseñó… lógica. Es autor de Estudios y ejercicios en lógica formal, publicado en 1884, y Alcance y método de la economía política, que viera la luz en 1891.
– Sintetice el rol público de Maynard.
– Fue contratado por el Tesoro inglés para participar en la conferencia de Versalles, luego de la Primera Guerra Mundial; se involucró en el debate sobre el tipo de cambio, que tuviera lugar en la década de 1920; negoció con Estados Unidos el acuerdo de préstamos y arriendos, y representó a su país en la creación del Fondo Monetario Internacional.
– Enorme influencia, entonces.
– Mientras vivió no tanta. Porque en Versalles no pudo impedir la cuantía de las reparaciones que los países vencedores le impusieron a Alemania; porque el debate con Reginald Mc Kenna, promovido por Winston Churchill, sobre la paridad cambiaria a la que Inglaterra tenía que volver, lo perdió; y porque sus ideas tuvieron poco que ver con las políticas económica concretas, durante la década de 1930. En particular, con respecto al New Deal de Franklin Delano Roosevelt, ninguna. El verdadero impacto del “keynesianismo” se produjo entre fines de la Segunda Guerra Mundial y fines de la década de 1960.
– Sí fue importante en la negociación con Estados Unidos, y en la creación del FMI.
– A pesar de sus serios problemas de salud, que le impedían viajar en avión, durante la Segunda Guerra Mundial cruzó el Océano Atlántico en seis oportunidades, compartiendo con Harry Dexter White la labor de fundación del FMI.
– ¿Cuánto sabía de teoría económica?
– No mucha, pero claro -en sus días- ¿quién sabía mucha teoría económica? Su principal contacto con los aportes académicos derivó del hecho de que, entre 1911 y hasta poco antes de fallecer, fue editor del Economic journal, una revista técnica en la cual todo el mundo pretendía publicar.
– Fue un autor prolífico.
– Así es. La Royal economic society publicó las obras completas de mi hijo en 30 tomos, de manera que cuando alguien dice “como dijo Maynard”, tiene que aclarar cuándo lo dijo y por ende en qué circunstancias lo hizo. Redactaba de manera muy atractiva. La teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, publicada en 1936, generó mucha polémica porque fue escrita a las apuradas, en circunstancias dramáticas; y como si esto fuera poco, a partir de 1937 sufrió serios problemas de salud.
– ¿Cuál era el desafío de los gobiernos en la Gran Crisis?
– En crisis anteriores a la de la década de 1930, en algunos países centrales se proponía resolver el problema de la desocupación cíclica de mano de obra, vía emigración. Pero como durante la década de 1930 todos los países sufrieron desempleo, la cuestión de la desocupación se convirtió en un objetivo de política económica nacional. Así nació, de la mano de Maynard, la macroeconomía de corto plazo.
– Nació burda, a la luz de los refinamientos posteriores: función consumo, función inversión, expectativas adaptativas y racionales, etc.
– También nacieron burdos los primeros aparatos de radio y los primeros remedios de la lucha contra el cáncer. El problema que entonces enfrentaba la economía inglesa era que la suma de las compras de bienes, por parte de los consumidores y los inversores, era muy inferior a la dotación de factores, particularmente al número de personas que quería trabajar. ¡Y no durante uno o dos trimestres, sino a lo largo de varios años consecutivos! ¿En quienes se iba a inspirar mi hijo, para sugerir una solución? No en Frederick August von Hayek, quien en 1931, cuando le preguntaron si quien compraba un sobretodo estaba generando la posterior recesión, contestó que sí; ni en Lionel Robbins, quien publicó un libro postulando que los recursos son escasos y tienen usos alternativos, justo en el año en el cual todos los recursos sobraban, porque lo que faltaba era la demanda.
– A Maynard algunos lo acusan de “marketinero”.
– Porque sostenía que la economía clásica era un caso especial. Y como tenía que “vender su pescado”, no fue precisamente misericordioso con aquellos a quienes criticaba: los economistas clásicos, no Smith, Ricardo o Malthus, sino Arthur Cecil Pigou y Dennis Holme Robertson. ¿Se lo imagina titulando su libro “Algunas provisorias sugerencias que quizás podrían resultar útiles”? Yo no. Pero los economistas tenemos que saber extraer la sustancia, más allá del envase.
– ¿Para qué sirvieron los refinamientos y transformaciones que experimentó la macroeconomía de corto plazo?
– Las diferentes especificaciones de las teorías del consumo y la inversión, la distinción entre ingreso transitorio y permanente, la introducción de expectativas adaptativas y racionales en el comportamiento de los integrantes del sector privado, etc., sirvieron para calibrar mejor las respuestas de política económica. Quien hoy aplica de manera literal lo que surge de La teoría general, es parte del problema, no de la solución. Pero tampoco nos pasemos al otro extremo. Joan Violet Robinson calificó de “keynesianos bastardos” a quienes en Estados Unidos elaboraron el esquema keynesiano, Porque, en el nombre del mecanicismo, dejaron de lado que el futuro es inherentemente incierto, que una economía monetaria no es, simplemente, una economía de trueque a la cual se le adiciona dinero, etc. El concepto de “sintonía fina” nunca se le hubiera ocurrido a un economista inglés.
– En una palabra.
– El mejor homenaje que le podemos hacer a Maynard es desafiarlo, es decir, dejarle de tenerle miedo y cuestionarlo, preguntándole: ¿Te parece? Para, a través de un virtual mano a mano, poder seguir utilizando la porción de sus escritos que continúe siendo relevante.
– Don John, muchas gracias.

