En la Argentina pasan cosas raras, pero lo de Manuel Adorni ya empieza a parecer una performance artística: un funcionario que cada día cuesta más… y sirve menos. Porque el asunto ya no es el viaje a Uruguay (Con aroma a tarjeta ajena y explicación mutante), sino el combo completo, vuelos privados, facturas con vínculos sospechosamente amistosos y propiedades que juegan a las escondidas en las declaraciones juradas. Todo envuelto en ese packaging tan argentino llamado “después lo aclaramos”. Y claro… no se aclaró nada.
Entonces aparece el verdadero problema: no es si el muchacho se fue de vacaciones como influencer premium, sino quién pagó la fiesta y por qué parece un capítulo de “Amigos con beneficios… estatales”. Pero lo mejor viene después, porque mientras las explicaciones hacen humo, Adorni —que debería ser el tipo que ordena el Gobierno— está ocupado en algo mucho más complejo, tratar de explicar lo inexplicable sin explicar nada. Una especie de Houdini del argumento… pero sin magia y con presupuesto. El resultado es fascinante, más versiones que una app beta, más dudas que certezas, y más internas que asado de comité.
Porque sí, la novela suma condimento, desde adentro del propio oficialismo empiezan a volar carpetazos con una alegría que ni carnaval carioca. Incluso se desliza que hay áreas sensibles del Estado jugando a “Intrusos en la Rosada”, y ahí ya no estamos ante un problema político, estamos ante un reality show con presupuesto público En este contexto, Adorni muta, y evoluciona, y se transforma. Pasa de ser vocero a convertirse en algo mucho más sofisticado, un adorno caro, de esos que no combinan con nada, no cumplen ninguna función… pero igual te los cobran en dólares. Y lo más cruel no es eso, lo más cruel es que en política hay una ley más infalible que la gravedad, cuando las dudas crecen y las respuestas no aparecen, alguien termina pagando la cuenta. Y, como viene la mano, parece que el que está quedando de decoración, puede terminar siendo parte del mobiliario descartable.

