La joven luchó durante semanas entre la vida y la muerte después del brutal vuelco ocurrido en El Encón. Cada día fue una espera angustiante, una esperanza sostenida con lágrimas, hasta que finalmente llegó la noticia que nadie quería escuchar. Desde entonces, el tiempo para sus seres queridos parece haberse detenido. Pero en medio de ese duelo profundo, hay una herida que sangra todavía más: la incertidumbre.
La familia no solo llora una pérdida irreparable; también vive con la desesperación de no saber con claridad qué pasó aquella noche, cómo ocurrió realmente la tragedia y por qué aún existen preguntas sin respuestas. La recaratulación de la causa como homicidio culposo abrió una puerta judicial, pero no calmó el dolor. Por el contrario, reforzó una sensación que los acompaña desde el primer día: el temor de que la verdad llegue tarde… o no llegue nunca.
Quienes amaban a Evelyn no hablan desde el enojo, sino desde la angustia más profunda. No buscan venganza. No reclaman privilegios. Solo piden algo que debería ser básico en cualquier sociedad que se pretenda justa: saber qué ocurrió. Porque para una familia que perdió una hija, una hermana, una vida entera por delante, no hay consuelo posible sin verdad. Hoy su voz es un susurro quebrado por el llanto, pero también un grito que no se apaga: que la memoria de Evelyn no quede atrapada en el silencio, que su historia no se diluya en dudas, y que la justicia llegue, no como un trámite, sino como un acto de humanidad.

