La vieja estructura de la Unión Cívica Radical se encuentra otra vez al filo del precipicio. Con la presidencia de Martín Lousteau clausurada tras su fracaso en articular un liderazgo real, el partido intenta —una vez más— decidir si acompaña al gobierno o vuelve a la oposición.
El próximo viernes, representantes de todo el país se reunirán en la sede de la calle Alsina, en la Ciudad de Buenos Aires, para votar a la nueva conducción. En los pasillos circulan rumores: el gobernador saliente de Corrientes, Gustavo Valdés, suena como favorito para ocupar el sillón vacío. Pero su candidatura genera tanto adhesiones como recelos.
Valdés se mueve con cautela, negando y aceptando su postulación intercaladamente; mientras tanto, dentro del radicalismo se dibujan dos grandes familias: los que quieren alinearse con el gobierno de Javier Milei… y los que insisten en resistir.
La anterior conducción demostró que tener el título de presidente del partido no garantiza que alguien realmente mande. Divisiones internas, alianzas disfrazadas y títulos vacíos marcaron su paso. El resultado: un partido fragmentado, sin proyecto claro, y con su electorado cada vez más desencantado.
Ahora la UCR enfrenta una encrucijada: redefinir una identidad auténtica o convertirse en un satélite político variable, dependiente del viento de turno. Sea cual sea la elección, lo cierto es que la UCR ya no es la de antes —y cada nuevo viernes podría sellar su destino.

