Después de la victoria electoral, la administración Macri se subió a un tobogán sin freno que solo baja, baja y sigue bajando.
Ahí se acordaron de todas las reformas que venían acumulando como tareas de la facultad:
— “Che… ¿no queríamos cambiar todo esto antes de que cierre la ventana de oportunidad?”
— “¡Rápido, antes de que se den cuenta!”
Economistas de todos los tipos se sumaron al diagnóstico:
- los serios,
- los que se equivocan por deporte,
- los que opinan desde el café,
- los que usan palabras raras para sonar importantes,
- y un par de mandriles que pasaban por ahí.
Todos coincidieron en algo:
“Esto no cierra ni con Poxipol.”
Ahora bien, nadie sabe si al programa hay que hacerle un service, cambiarle el motor o directamente prenderle una velita a San Cayetano y desearle suerte.
Monotributo: la víctima favorita
Entre todas las ideas sueltas que salieron volando, la reforma estrella terminó siendo el ataque al pobre régimen del Monotributo, esa criatura que siempre está tranquila hasta que un gobierno dice:
“¿Y si lo reformamos un poquito?”
Y pumba, otra vez al quirófano.
Morir de éxito (o de susto, según el día)
El Monotributo nació en 1998 para ayudar a cuentapropistas que eran tan pequeños que si decían “autónomo” se les caía un diente del susto.
La meta era sumar 300.000.
Hoy son 3,7 millones, lo cual demuestra que o funcionó muy bien…
o que se convirtió en el “Netflix” de la formalidad: barato, simple y todos lo comparten sin admitirlo.
Según Trabajo e INDEC:
- Autónomos: 6% → los Jedi.
- Monotributistas: 34% → los que pagan “lo que se pueda, señor AFIP”.
- Informales: 60% → los ninjas fiscales que viven en las sombras.
En conclusión: aunque el Monotributo es barato y fácil, igual la mayoría prefiere la adrenalina de vivir al margen, como si fuera un deporte extremo:
“Hoy facturo… o no.
Dios dirá.”

