En el nuevo capitalismo argentino no hay épica, hay Excel. Y el Excel dijo que los caños del gasoducto de Vaca Muerta no los hace Techint, los hace India. Paolo Rocca, emperador del acero local, perdió la licitación en su propia casa y descubrió que la globalización no pide permiso ni saca turno.
El ganador fue un gigante indio que ofreció caños más baratos, pagos más flexibles y cero sentimentalismo industrial. Resultado: Techint afuera, el proyecto sigue y el relato de la “industria nacional” quedó esperando en la sala.
El mensaje fue brutal y directo. Si al Messi de los caños lo sacan de la cancha, imaginen al resto. Las pymes lo entendieron rápido y activaron el modo supervivencia: lupa en mano, laboratorio de guardia y denuncias a granel. Heladeras que no enfrían, lavarropas mentirosos, juguetes sospechosos. Si no pueden competir en precio, competirán en reglamento.
El Gobierno juega a dos puntas. En público celebra la apertura, el mundo y la libertad. En privado, manda inspectores, retira productos y clava multas millonarias. No es proteccionismo, aclaran: es “hacer cumplir la ley”. Una especie de liberalismo con cinturón de seguridad.
China, mientras tanto, aparece como el villano silencioso. Nadie la nombra en voz alta, pero todos la miran de reojo. Vende barato, demasiado barato. Tan barato que algunos empiezan a decir —incluso desde el oficialismo— que no es eficiencia, es dumping con esteroides.
El experimento Milei entra en fase adulta. El mercado es libre, pero no ingenuo. Se importa, pero con lupa. Se compite, pero sin trampa. Y el empresariado local aprende, a los golpes, que en esta Argentina el que pestañea… importa.

