Kristi Noem se fue. Pam Bondi está fuera. Si va a haber un chivo expiatorio por nuestra fallida operación de cambio de régimen en Irán, probablemente sea Pete Hegseth, cuya excesiva confianza previa a la guerra está siendo destacada en filtraciones hostiles desde dentro de la administración, que subrayan cómo fue “tomado por sorpresa” (¡nunca es buena señal!) por la magnitud y audacia de la respuesta iraní.
La exsecretaria de Seguridad Nacional, la destituida fiscal general y el asediado secretario de Defensa a menudo parecían los funcionarios ideales del gabinete de Trump: elegidos por su imagen televisiva y energía, sin base política propia más allá del propio Trump, y dispuestos a actuar sin reparos como meros conductos de su voluntad. Por eso, sus dificultades ofrecen una lección para los republicanos que consideren servir en los 33 meses (¿pero quién lleva la cuenta?) que le quedan a esta administración: lo que Trump parece querer y lo que realmente quiere no son exactamente lo mismo.
El aparente deseo del presidente es la lealtad, la adulación y una actitud lista para la televisión. Quiere encender Fox News y ver a sus principales funcionarios actuar como personajes de un reality dentro del drama de su gobierno. Quiere sentarse en una reunión de gabinete y escuchar una letanía de sus logros. Quiere que las decisiones tomadas en la Casa Blanca o en Mar-a-Lago sean simplemente refrendadas en sus respectivos departamentos.
Quiere todo eso, pero al mismo tiempo también quiere victorias y no derrotas, y definitivamente no quiere quedar en ridículo. Sus métricas de éxito son inusuales para los estándares presidenciales: tiene una alta tolerancia a la impopularidad y una notable falta de pudor frente a la corrupción. Pero hay un punto en el que, incluso dentro de su burbuja, Trump percibe que las cosas no están funcionando. Y entonces la adulación deja de servir: no importa si actuaste siguiendo sus órdenes, serás castigado por ese servicio fallido igual que si hubieras intentado frustrar sus objetivos.
Esa fue la posición en la que quedó Noem tras el fiasco en la aplicación de políticas migratorias en Minneapolis. El hecho de que la ofensiva en el estado de Tim Walz y la ciudad de Ilhan Omar fuera casi con seguridad lo que el presidente quería no le dio ninguna protección política cuando todo salió mal.
También fue la situación de Bondi después de cumplir con los deseos del presidente en el manejo de los archivos Epstein y diversas causas politizadas. La impopularidad de lo primero y las derrotas judiciales de lo segundo la transformaron de aduladora en chivo expiatorio, aun cuando en cada paso expresaba los propios deseos de Trump.
De la misma manera, cuando Hegseth le dijo al presidente “hagámoslo” antes de la guerra, no hacía más que actuar como un entusiasta hombre del “sí” ante un jefe beligerante. Pero no hay recompensa por la lealtad si los grandes planes de Trump no funcionan: en ese caso, el fracaso es tuyo, no de él.
Contrasta este patrón con el de funcionarios cuyo cargo parece relativamente seguro, como Scott Bessent y Marco Rubio. Ellos también acompañan públicamente al presidente sin objeciones, pero encuentran maneras de encauzar sus preferencias —ya sea en política comercial o en la diplomacia sobre Rusia y Ucrania— para que los resultados sean lo suficientemente “trumpistas” como para satisfacer al jefe, sin ser una expresión ciega de sus impulsos. El hecho de que ellos conserven capital político mientras los aduladores puros se tambalean sugiere que la preferencia real de Trump es ese equilibrio, y no la obediencia más servil.
¿Cómo habría sido un equilibrio más exitoso para un fiscal general, un secretario de Defensa o un jefe de Seguridad Nacional? Pese a todo lo que se dice sobre cómo Bondi intentó hacer todo lo que Trump le pedía, tal vez no necesitaba procesar a una serie de supuestos enemigos del presidente para mantenerse en su favor; quizá solo necesitaba una victoria clara en el terreno judicial.
Del mismo modo, Hegseth podría haber intentado orientar a Trump hacia una campaña puramente militar contra Irán —bombas y misiles sin ataques dirigidos a sus líderes—, satisfaciendo su impulso más agresivo sin acorralar al régimen iraní.
En cuanto a Noem, tal vez su propio afán de protagonismo la habría condenado de todos modos, pero en un escenario donde la operación en Minneapolis se hubiera limitado a algunos operativos teatrales en lugar de una casi ocupación de una ciudad estadounidense, podría haber seguido siendo la cara visible de la seguridad nacional.
Estos escenarios alternativos son poco plausibles, porque imaginan a figuras acostumbradas a decir que sí descubriendo de repente nuevas capacidades. Pero si hay alguna posibilidad de mejora en los 33 meses que quedan de trumpismo, solo puede venir de funcionarios capaces de aprender de sus fracasos y de ofrecerle al presidente una versión moderada de lo que quiere, en una dosis que el país y el mundo puedan tolerar mejor.

