JERUSALÉN.– Para el primer ministro Benjamin Netanyahu y la derecha israelí, el advenimiento del presidente Donald Trump ha sido casi como una profecía que se cumple.
En los cinco años que pasó en la Casa Blanca, Trump respondió a algunas de sus mayores plegarias: trasladó a Jerusalén la embajada norteamericana, reconoció la soberanía israelí sobre los Altos del Golán y anuló el acuerdo nuclear con Irán. Dio de baja el financiamiento para los refugiados palestinos a través de la ONU, y los colonos judíos en Cisjordania, antes condenados por Washington, acaban de obtener su propia oficina de pasaportes de Estados Unidos.
Y la mañana del 28 de febrero se produjo el mayor acontecimiento hasta la fecha de esa relación: un ataque a gran escala contra Irán, lo que les venía reclamando Netanyahu desde hacía décadas a los sucesivos presidentes norteamericanos, tanto republicanos como demócratas.
El ataque también fue, por lejos, la apuesta conjunta con más consecuencias posibles que hayan hecho estos dos grandes apostadores políticos. La guerra en curso se extiende y ya ha imprimido cambios en la región que ninguno de los dos mandatarios puede controlar del todo, con el riesgo de convertirlos en artífices de una catástrofe en Medio Oriente. Sin embargo, donde tienen más que ganar o perder a título personal es en sus propios países.
Para Netanyahu, el riesgo es que la participación de Trump no sea suficiente para revertir sus flacas esperanzas electorales. El primer ministro –que este año se enfrentará a traumatizados votantes israelíes mientras sigue intentando eludir la responsabilidad por los catastróficos fallos de seguridad del ataque de Hamas del 7 de octubre de 2023–, apuesta a que la guerra será el último salvavidas de una carrera política marcada por regresos sacados de la galera.
Algunos analistas esperan que Netanyahu, que va rezagado en las encuestas, convoque a elecciones anticipadas con la esperanza de capitalizar un aumento de apoyo popular por haber descabezado al gobierno de Irán. “Ese es el mayor regalo que Bibi recibió de Trump”, apunta Gayil Talshir, politóloga de la Universidad Hebrea de Jerusalén. “Olvídense de lo demás: lo importante fue eso”, afirma.
Para Trump, que tiene las elecciones intermedias a la vuelta de la esquina, la guerra pone en tensión a una base política construida sobre el rechazo a meterse en líos en el extranjero, y viene acompañada de un aumento del precio en los surtidores. Muchos de sus partidarios culpan al presidente por dejar que Netanyahu lo arrastre a lo que Tucker Carlson, presentador y comentarista de podcasts pro-MAGA, llamó “una guerra de Israel”.
Trump y Netanyahu son vistos como una “extraña pareja” más extraña que Roosevelt-Churchill, Clinton-Blair u otros dúos en tiempos de guerra. En el centro de esa colaboración, con sus altibajos, anida una pregunta insistente: ¿quién dirige realmente a quién?
Carlson no es el único que ve en Trump a un presidente hábilmente manipulado por un maestro de la manipulación que se ha pasado los últimos 30 años aprendiendo a lograr que Washington haga lo que quiere Jerusalén.
En Israel, sin embargo, la visión es diferente. Netanyahu alardea regularmente de su vínculo con Trump y enumera los cambios de política exterior sin precedentes que el norteamericano implementó a favor de Israel. Pero el mismo presidente que le dio a Netanyahu más de lo que cualquier otro primer ministro israelí se atrevió a soñar, también obligó a Netanyahu a aceptar cosas que muchos pensaron que nunca aceptaría.
En el acuerdo de alto el fuego en Gaza, por ejemplo, Trump exigió que tras la guerra la Autoridad Palestina tuviera un rol en el gobierno de Gaza, involucró a Qatar y Turquía en las negociaciones a pesar de las furibundas objeciones de Netanyahu, y ordenó personalmente el cese –en redes sociales, por supuesto– de los bombardeos israelíes cuando sus aviones ya estaban en el aire. Y dieron marcha atrás…
En más de una ocasión Trump también puso coto a la ambición israelí de anexionarse formalmente partes de Cisjordania, y obligó a Israel a aceptar al menos una posible y muy condicionada “vía hacia la autodeterminación y la condición de un Estado palestino” en el futuro, resquebrajando una de las piedras angulares de la identidad política de Netanyahu.
“Solo Trump podía obligarlo a eso”, dijo Yohanan Plesner, presidente del Instituto de Democracia de Israel. En Estados Unidos, es común decir que Trump cumple con todos los deseos de Netanyahu. Desde la perspectiva israelí, es casi lo contrario.
Mientras tanto, ambos se esfuerzan por proyectar unidad, pero su alianza ha tenido momentos de tensión e imprevisibilidad.
En junio pasado, cuando Trump ordenó ataques contra instalaciones nucleares iraníes, algunos analistas afirmaron que Netanyahu había engañado a Trump. En ese caso, Netanyahu había acordado un plazo de 60 días para las negociaciones nucleares con Teherán. Cuando el plazo expiró sin un acuerdo, Israel lanzó un masivo ataque militar.
Al principio Trump se mantuvo al margen de lo que llamó un ataque “unilateral”. Pero cuando Israel atacó exitosamente las instalaciones, ordenó el uso de bombarderos norteamericanos y municiones antibúnkeres. Al final, Trump se atribuyó el triunfo y dijo que el programa nuclear iraní había sido “obliterado”, pero la información de inteligencia posterior al ataque mostró que solo habían logrado retrasarlo unos meses.
La guerra actual siguió una trayectoria similar, y con la misma pregunta: ¿Netanyahu hizo cambiar de opinión a Trump o Trump llegó a ese punto por sí solo?
Durante el otoño y el invierno boreales, Trump insistió públicamente en que prefería un acuerdo. Netanyahu, cada vez más alarmado por la posibilidad de que Trump se impusiera, voló a Mar-a-Lago y a la Casa Blanca –su séptima visita en el segundo mandato de Trump, más que cualquier otro líder mundial– para empujarlo a una acción militar.
Según fuentes del gobierno norteamericano, durante esas reuniones Netanyahu dejó claro su deseo de atacar el programa de misiles balísticos de Irán en las próximas semanas y dijo estar dispuesto a atacar a Irán con o sin la participación de Estados Unidos, aunque quería que Trump diera luz verde a la operación.
La determinación de Netanyahu llevó a Trump a creer que un ataque israelí era inevitable y que lo mejor para asegurar el éxito era involucrar el poderío militar de Estados Unidos.
“Era una premisa falsa, porque Estados Unidos podría haberle dicho ‘no’ a Israel”, dice un asesor de Trump. “Pero fue una táctica astuta y torció el rumbo hacia una acción militar”. A finales de febrero, Netanyahu llamó a Trump con información específica: sabían que el ayatollah Ali Khamenei y su círculo íntimo se reunirían en un mismo lugar en Teherán un sábado por la mañana. Israel estaba listo. Trump decidió ir por todo.
“Trump sintió que no tenía alternativa”, dijo una de las personas familiarizadas con el razonamiento del presidente.
La guerra en curso para destruir al régimen iraní y matar a su líder supremo convirtieron a a Trump en un héroe en Israel.
“En este momento, Trump cuenta con mayor apoyo en Israel que en cualquier otro lugar del mundo, incluyendo el Cinturón Bíblico de Estados Unidos”, dice la politóloga Talshir. “Los israelíes lo ven básicamente como su presidente”.
Netanyahu espera capitalizar el apoyo de Trump para su propia supervivencia política. Según la ley israelí, las elecciones deben celebrarse antes del 27 de octubre, y tras años de guerra, dolor y una profunda división interna, Netanyahu llega muy debilitado a la campaña. Las encuestas muestran que su coalición no alcanza los 61 escaños necesarios en la Knesset para formar gobierno.
Además, en amplios sectores de la población israelí –en particular entre las familias de las víctimas del 7 de octubre y entre los cientos de miles que salieron a protestar protestar contra su proyecto de reforma judicial– sigue siendo blanco de una furia que ninguna victoria militar ha logrado disipar.
“En Israel la política está totalmente tomada por la cuestión identitaria”, dice Plesner. “Pase lo que pase, es muy difícil que los israelíes abandonen la posición en la que están atrincherados”.
Traducción de Jaime Arrambide

