La caída del régimen de Nicolás Maduro y su reciente extradición a los Estados Unidos representan un hito histórico que no puede comprenderse sin la figura de Marco Rubio. El actual hombre fuerte de Washington para la crisis venezolana ha culminado una década de confrontación personal y política contra el chavismo, transformando lo que alguna vez fue una amenaza contra su vida en el motor de su estrategia diplomática.
El giro del destino: De la persecución al poder
En 2017, mientras se desempeñaba como senador por Florida, Rubio fue objeto de un informe de inteligencia que alertaba sobre un plan del aparato de seguridad chavista para asesinarlo. Este episodio, lejos de amedrentarlo, consolidó su determinación. Lo que comenzó como un intento de eliminación física por parte de figuras como Diosdado Cabello, terminó convirtiéndose en el combustible para que Rubio liderara el aislamiento internacional de Caracas.
El «Virrey» de la transición
Bajo la actual administración de Donald Trump, Rubio ha dejado de ser un crítico externo para convertirse en el operador estratégico desde el Departamento de Estado. Sus funciones actuales son determinantes para el futuro de la región:
- Supervisión de la transición: Lidera el proceso político tras el derrocamiento del régimen.
- Estabilización energética: Gestiona la recuperación del sector petrolero venezolano.
- Interlocución política: Actúa como el nexo principal entre Washington y las autoridades provisionales en Caracas.
La prensa estadounidense ya lo cataloga como el «virrey de Venezuela», un título que subraya su influencia total en el diseño de la nueva era del país. Para Rubio, la imagen de Maduro bajo custodia en Nueva York no es solo un éxito geopolítico, sino el cierre de un círculo personal que inició con una amenaza de muerte y termina con la victoria del orden democrático sobre sus antiguos perseguidores.

