Si pensabas que el fútbol argentino era puro grito, goles y polémicas arbitrales, no tenés ni idea de lo que pasa detrás de bambalinas. Resulta que la AFA —esa gloriosa institución que administra la pasión nacional— decidió que su departamento de finanzas necesitaba una renovación de aventuras estilo película de mafiosos baratos. Y así fue como, en diciembre de 2021, el siempre visionario Claudio “Chiqui” Tapia convenció a todos de poner a una empresa que nació cuatro meses antes como el manager oficial de los ingresos internacionales del fútbol argentino. Esa joyita se llama TourProdEnter LLC.
Ahora aguantá la risa: esa startup relámpago —liderada por la pareja de un productor teatral amigo de Tapia— no solo recaudó más de US$ 260 millones de sponsors, amistosos y derechos televisivos, sino que también se mandó a hacer una jugada digna de telenovela: al menos US$ 42 millones fueron transferidos a cuatro empresas fantasma en Miami. Sí, lo leíste bien: cuatro compañías que no tienen empleados, no venden nada, no producen nada… básicamente son más fantasmas que tu ex mandándote mensajes un sábado a la noche.
Las protagonistas de este culebrón financiero se llaman Soagu Services LLC, Marmasch LLC, Velp LLC y Velpasalt LLC. Juntas suman millones en transferencias misteriosas, como si fueran las hermanastras enredadas de Cenicienta, pero en vez de perder zapatillas, perdieron millones de dólares.
¿La mejor parte? Tres de esas “empresas” comparten domicilio en una suite de oficinas virtuales en Miami donde también funciona un local de limpieza de cutis y consultorios varios. Es decir, cuando le preguntás a Google qué hace esa compañía, te aparece primero: “¿Querés un masaje facial?”
Pero ojo, que la trama no queda ahí. Las cuentas bancarias de esa empresa estadounidense están a nombre de la señora Gillette, que en Instagram se presenta como “dedicada a la familia full time”. Su señor esposo, con experiencia en teatro y política, figura ligado a tarjetas y cuentas bancarias donde entran y salen millones como en una cantina del viejo oeste.
Cuando los periodistas preguntaron por estas “acrobacias contables”, la respuesta fue un silencio digno de película muda: ni sí, ni no, ni todo lo contrario —solo palabrerío de “logística” y “función comercial”. Traducción: “Nos aburrimos de contestar preguntas, sigan jugando al fútbol que es más fácil.”
Mientras tanto, más de US$ 109 millones fueron a parar a otra cuenta en Uruguay, supuestamente para “manejo de inversiones”, lo cual suena más a excusa de estudiante cuando no entrega un TP que a contabilidad legítima.
En resumen: tenés una empresa que aparece de la nada, recibe cientos de millones, luego manda decenas de millones a sociedades que parecen sacadas de un catálogo de fantasmas con oficina virtual, y nadie da explicaciones claras. Si esto fuera fútbol, sería el clásico penal que nadie vio, el offside mal cobrado… o peor: una jugada tan confusa que ni VAR te la puede salvar. Lo picante de esta historia: cuando se trata de dólares y “amigos estratégicos”, la pelota no solo rueda —también se mancha y se la chorean.

