«Mi voto no defendió intereses personales», soltó en redes, inflando el pecho como prócer de mármol, pero sin animarse a mirar a los ojos. Palabras escritas para la militancia. Porque la verdad, la de pasillo, la que se escapa cuando baja la guardia entre colaboradores, fue otra: «No soy kirchnerista, pero no iba a entregar a la presidenta de mi partido». Listo, caso cerrado. No fue ideología, ni principios, ni república: fue obediencia.
¿No quería “caer en la trampa” de un sistema que impida elegir y ser elegido? En San Juan lo vivieron en carne propia, es cierto, pero lo suyo fue más simple: no quería quedar como el traidor, aunque eso significara tragarse el sapo con piel y todo. Porque si hay algo que esta dirigencia no sabe hacer, es romper con dignidad. Prefiere seguir de rodillas antes que quedar afuera del banquete.
Dicen que no es kirchnerista, pero tampoco opositor. No es tibio: es calculador. Y eligió ser útil al poder, aunque tenga que disfrazar su voto con frases de manual. Al final, votó por miedo, por conveniencia o por pura sumisión. Lo demás es literatura barata.