Rawson fue escenario de un policial tan berreta que ni en una serie comica los aceptarían. Dos sujetos, con más voluntad que neuronas, decidieron que la mejor forma de sobrevivir al invierno era afanarse una garrafa. No un banco, no una joyería: una garrafa. El delito mínimo viable.
Los sospechosos —que confundieron el barrio con el set de Rápido y Furioso: edición villa— salieron corriendo con la garrafa como si fuera la antorcha olímpica del delito doméstico. Pero el guion tenía un giro inesperado: la dueña los salió a correr. Sí, señora corriendo. A pie. En ojotas metafísicas. Con bronca pura y cero miedo.
Los ladrones, al notar que no estaban robando en Noruega sino en San Juan profundo, entraron en pánico. Porque una cosa es afanar… y otra muy distinta es que te persiga la víctima. Ahí la adrenalina se les fue toda al mate.
En un acto de desesperación digna de teatro independiente, revolearon la garrafa en la calle como quien tira una mochila antes del examen final. “Tomá, llevate el gas, pero dejame la dignidad”, pensaron. Spoiler: no les quedó ninguna de las dos.
La fuga continuó hacia una casa tan precaria que no se sabe si era vivienda, depósito o instalación artística sobre la pobreza estructural. Ahí se escondieron, convencidos de que la invisibilidad social también los volvía invisibles para la policía. Error conceptual.
La policía llegó, entró, los sacó, los esposó y les explicó una verdad universal: robar una garrafa y encima ser alcanzado por una vecina es tocar fondo con pico y pala.
Resultado final:
✔ Garrafa recuperada
✔ Vecina heroína barrial
✔ Dos detenidos
❌ Dignidad
❌ Huida épica
❌ Futuro en el crimen organizado
Rawson, una vez más, demostrando que el delito argentino no da miedo: da risa.

