Según la inteligencia artificial, la inercia económica se define como la tendencia de los sistemas a mantener el statu quo o cambiar lentamente, persistiendo en tendencias pasadas como la alta inflación. Por su parte, los rezagos (lags) son el tiempo de demora entre una medida de política económica y su impacto real, o la dependencia de resultados actuales respecto a datos pasados.
Tanto la inercia como los rezagos son muy relevantes para entender qué está pasando en la economía argentina y qué puede pasar en el futuro. Los últimos datos muestran una economía estancada en los niveles de comienzos de 2025 y una inflación en ascenso durante los últimos meses.
Desde julio de 2025 las tasas de interés reales comenzaron a aumentar fuertemente. Por ejemplo, la tasa de adelantos en cuenta corriente que las empresas utilizan para financiar su capital de trabajo, promedió 0.5% mensual en la primera mitad del año mientras que en el cuatrimestre julio-octubre promedió 3,42% mensual (que equivale a una tasa de 50% real anual). Algunos cambios en la política monetaria y sobre todo la incertidumbre electoral explican este fuerte aumento en el costo del financiamiento de corto plazo (algo similar ocurrió con el riesgo país). El impacto en la economía no fue inmediato, sino que operó con algún rezago. Ello ayuda a explicar el freno en la actividad económica que todavía vemos en los datos que se publican ahora. La buena noticia es que luego de las elecciones hemos vuelto a los niveles de la primera mitad del año 2025 tanto en la tasa real de adelantos como en el riesgo país. Junto con algún aporte de la inocencia fiscal y la buena cosecha ello debería ser suficiente para que la economía vuelva a crecer en 2026 (proyectamos una mejora de alrededor de 3,5%).
Varios colegas alertaron hace tiempo que el último tramo en la lucha contra la inflación es más arduo que los anteriores. Eso se explica por la inercia que obedece a distintos factores, entre otros la falta de costumbre de vivir en estabilidad, cambios de precios relativos que se interpretan como aumentos en el nivel general de precios, contratos indexados a la inflación pasada (alquileres, laborales). Para romper esa inercia más rápidamente es necesario mantener la consistencia del programa económico y que el mismo sea creíble para los agentes económicos. Un punto central es la independencia de la autoridad monetaria, asignatura todavía pendiente y, en el interín, una política monetaria creíble. Respecto del último punto, los ajustes que sufrió la política monetaria a lo largo de la gestión actual pueden haber generado algo de ruido. Algunos ejemplos son el foco en una medida no habitual como la base monetaria amplia o la decisión de no comprar divisas si el tipo de cambio no tocaba el piso de una banda de flotación que se apreciaba a niveles poco creíbles cuando el programa firmado con el FMI suponía que se compraba dentro de la banda de flotación. Luego aparece la corrida preelectoral con una dolarización de portafolios de una magnitud inusual.
Pero afortunadamente desde comienzos de año la política resulta más consistente: se acumulan reservas para tratar de corregir una debilidad del programa, aceptando que el señoreaje es una fuente genuina de recursos para el BCRA.
De la misma forma, la inercia y los rezagos pueden demorar el efecto de la reforma laboral sobre el empleo. A ello se suma que el punto de partida con una productividad laboral estancada desde hace décadas y reacomodamientos sectoriales donde los perdedores reaccionan más rápido que los ganadores, sugiere que el desempeño del empleo no será muy positivo en los próximos trimestres.
Luego de años de aplicar una legislación laboral anticuada y anti empleo, los cambios votados en el Senado son positivos independientemente de que hayan quedado algunas reformas importantes en el camino. Algunos de ellos pueden impactar en las decisiones de las empresas y de los trabajadores más rápidamente. Por ejemplo, la reducción de cargas patronales que baja el costo laboral esperado al utilizarse como fondeo parcial de una contingencia futura (la indemnización) y las rebajas en los impuestos para el nuevo empleo. Pero la credibilidad de otros cambios deberá esperar a que sean validados por la justicia o que las partes se pongan de acuerdo en implementarlos. Un ejemplo es la caída de la ultra actividad o las negociaciones por región o empresa, que pueden aportar mucha flexibilidad pero que son una novedad para gran parte de las firmas y sus trabajadores.
Finalmente, la apertura económica con un peso relativamente fuerte acelera decisiones de reducción de producción local o incluso cierre de empresas. Mientras que los ganadores van actuando más lentamente. Por ejemplo, se abre una oportunidad de mejorar el valor de las exportaciones de carne luego del aumento en el cupo acordado con los Estados Unidos pero el efecto pleno en las toneladas producidas depende de recomponer el ciclo de producción devastado por decisiones populistas de gobiernos anteriores que pisaron precios y limitaron exportaciones.
Además, la decisión de invertir (hundir capital) también está afectada por decisiones del pasado. La recuperación de los dólares invertidos depende obviamente de la capacidad de cada empresa de satisfacer a los consumidores y lograr una rentabilidad razonable pero también depende de que los gobiernos futuros respeten las reglas de juego básicas de una economía moderna. Y la oposición dura lamentablemente no parece haber aprendido nada de su fracaso económico que, entre otros factores, incluyó defaults innecesarios, controles de precios, limitaciones para exportar, cambios arbitrarios de impuestos y de reglas de juego.
Por ello, que la sociedad tenga paciencia para esperar los resultados positivos que pueden brindar la solvencia fiscal y un entorno competitivo es un requisito fundamental para poder lograr el tan ansiado despegue de la economía argentina.

