Jorge Luis Gil, médico de profesión, amigo del condenado Mario Parisí y, aparentemente, experto en autoboicot, acaba de ganarse un juicio oral por algo tan básico como no saber mentir sin que lo pesquen.
Todo comenzó cuando se presentó como testigo en el juicio por violencia de género contra Parisí. Gil se acomodó en el estrado con aires de galeno estrella, pero lo que tiró no fue un testimonio: fue un stand up de contradicciones. Dijo que no conocía a un testigo clave (spoiler: sí lo conocía), que no había hablado con la víctima (spoiler 2: sí habló), y que estaba ahí para decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad (spoiler final: nope).
La jueza, que no había nacido ayer, lo escuchó cinco minutos y le aplicó el combo: esposas, detención inmediata y pase directo al banquillo de los acusados. Gil, lejos de ofenderse, aprovechó el momento para saludar a la prensa, sonreír como si fuera a estrenar consultorio nuevo y desfilar esposado como si fuera la alfombra roja del fuero penal.
Ahora enfrentará un juicio por falso testimonio, que no es cualquier macana: puede costarle hasta 4 años de cárcel, aunque con la actuación que se mandó capaz le dan un Martín Fierro del rubro “testigo trucho revelación”.
Mientras tanto, el consultorio queda en pausa y el currículum suma una nueva especialidad: «médico penalizado por fabricar cuentos en sede judicial». Qué talento desperdiciado. Podría haber sido guionista… o panelista de chimentos judiciales.