Una escena digna de una serie berreta, pero ocurrida en carne viva en Desamparados: un grupo de delincuentes decidió jugar a la Policía. Se vistieron, actuaron y hasta ejecutaron un falso procedimiento. El objetivo era claro: robar droga y dinero en lo que, a todas luces, fue un ajuste de cuentas dentro del mundo narco.
El golpe no fue menor. Según la investigación, se alzaron con estupefacientes y alrededor de 7 millones de pesos, un botín que habla más de negocios clandestinos que de improvisación.
Pero lo que empezó como una jugada “profesional” terminó en un grotesco operativo de torpeza. Tras el robo, los implicados quedaron cercados por las fuerzas reales —no las de utilería— y optaron por atrincherarse, en una maniobra desesperada que solo estiró lo inevitable: la detención.
El episodio deja al descubierto una postal cada vez más frecuente: bandas que ya no solo trafican, sino que imitan al Estado para delinquir. Uniformes, procedimientos falsos y lógica de comando… todo armado con la precariedad de quien juega a ser lo que no es.
El resultado fue tan previsible como contundente: cayeron todos.
Porque en el submundo narco, podés robar, podés traicionar… pero cuando además actuás mal, el final no es de película: es de expediente judicial.

