Los errores del pasado se camuflan en las decisiones del presente… como cuando jurás que “solo una papita más” y terminás desayunando frituras frías a las 4 de la mañana.
Ahí lo tenemos otra vez: Javier Milei, reubicado en el centro de la campaña. O sea, donde siempre estuvo, porque si no habla él, el rating se cae más rápido que la batería de un Nokia viejo. Su hermana Karina, en silencio (sí, aparentemente se puede estar más callada… en cualquier momento hace campaña con señas). Los primos Menem, borrados… quizá porque el photoshop político no tiene la función “recuperar archivo perdido”. Y Francos y Catalán, jugando al TEG con gobernadores y legisladores, intentando negociar con más voluntad que resultados.
En el menú, reaparece el diálogo con Mauricio Macri, ese socio de ocasión que siempre se guarda el comodín del “yo te avisé” bajo la manga.
Si tiramos todos estos ingredientes en la licuadora, no sale un smoothie detox, sino un trago amargo: fracaso de la estrategia política, fracaso en armar un partido nacional, fracaso en cerrar alianzas provinciales, fracaso en no bardear legisladores. Básicamente, un menú degustación de fracasos.
¿Consecuencia? Marcha atrás desesperada, como el que se da cuenta de que entró en contramano y le empiezan a tocar bocina hasta los ciclistas. ¿Podrá Milei resetear la campaña? ¿Volver al punto de inicio?
Por lo pronto necesita desempolvar la condición mágica que lo llevó a 2023: el hombre anti casta, el outsider con insulto fácil y meme de arsenal completo, el vengador de los hartos de la corrupción.
El problema es que las redes ya no son la barricada libertaria del enojo. Hoy X dejó de ser la plaza rebelde y se convirtió en el micrófono del sistema. Ya no es la catapulta de los indignados, sino la corneta de los que mandan. Y Milei, si no grita lo bastante fuerte, corre el riesgo de quedarse sin eco.

