Si alguno pensó que la Argentina ya había alcanzado su cuota máxima de surrealismo, claramente subestimó nuestra capacidad nacional para superar cualquier límite. Ahora resulta que los jueces —esos que cambian de postura más rápido que un colchón ortopédico en oferta— andan planeando incautar departamentos como si fueran premios de un bingo judicial.
Y en medio del drama aparece una señora muy indignada, casi al borde de convocar a un comité de emergencia emocional, preguntándose qué pretenden: ¿que la famosa inquilina presidencial termine viviendo en un rancho en La Matanza “junto a los pobres”? Por favor, ¡qué atrevimiento! ¿Dónde se ha visto que un político viva cerca de la gente que gobierna? ¡Un escándalo!
Mientras tanto, los pobres —esos seres mitológicos que sólo aparecen en discursos o en estadísticas que nadie quiere leer— probablemente estén pensando: “Che, si quiere venir, que avise, pero que traiga yerba buena porque la de oferta está intomable”.
En resumen: un capítulo más en la tragicomedia argentina, donde todos gritan, nadie escucha, y los únicos que se mudan son los billetes… siempre lejos de nuestros bolsillos.

