Mientras millones de argentinos siguen contando centavos para llegar a fin de mes, nuestros senadores demostraron que la creatividad para llenarse los bolsillos no tiene límites. Desde noviembre, pasarán a cobrar más de $10,2 millones mensuales. Sí, leyeron bien: diez millones, doscientos mil, que podrían alimentar a media provincia… o a todo un Congreso si les diera por repartir.
Y todo esto sin debate, a mano alzada, como si estuvieran eligiendo sabor de helado: “Yo quiero vainilla… y de paso 10 palitos más de dinero”. Nada de discutir sobre prioridades ni sobre la economía del país. La lógica es simple: si nosotros nos apretamos el cinturón, los senadores ajustan su módulo de dietas. Porque en Argentina, la austeridad es un deporte de riesgo para todos menos para ellos.
El mecanismo que rige sus dietas es un cálculo matemático que haría llorar a cualquier contable honesto: sumás módulos, los multiplicás, le aplicás el aumento según paritarias legislativas… ¡y boom! Te sale un número que suena más a premio de reality que a sueldo. Entre salario base, gastos de representación y desarraigo, tienen la triple corona de la opulencia.
Y mientras ellos celebran su nueva cifra con brindis de champagne, el resto de los mortales sigue preguntándose si podrá pagar la luz o, al menos, sobrevivir al martes sin llorar en la fila del supermercado. Porque en la política argentina, si hay algo que aumenta sin límites, son los sueldos de los legisladores.
En resumen: mientras ellos suben de módulo, nosotros subimos de estrés. Y ni hablar de indignación: eso no tiene límite.

