En el oficialismo hay peleas que no se resuelven: se freezan. Quedan en el freezer político como milanesa de campaña: cada tanto alguien abre la puerta… y reaparecen con olor, escarcha y ganas de pudrirlo todo. La relación entre Victoria Villarruel y el núcleo duro libertario es exactamente eso: una interna criogenizada que revive cada vez que alguien estornuda en la Casa Rosada.
La última temporada arrancó con una escena digna de un reality de divorciados con protocolo. Saludo formal en el Senado, sonrisa de manual… y respuesta de Karina Milei con un gesto tan gélido que podría usarse para conservar vacunas. No fue un desplante: fue un glaciar diplomático. El lenguaje corporal gritaba: “Te saludo porque hay cámaras. No porque tenga ganas.” Después vino el capítulo “federalismo con picante”. Villarruel se fue a La Rioja a la Chaya —oficialmente en rol institucional, extraoficialmente en modo “miren qué bien me llevo con todos”. Y ahí llegó la foto nuclear: sonrisa plena junto a Ricardo Quintela, uno de los peronistas que le tira al Gobierno con munición gruesa.
Para el mileísmo, esa postal fue como ver a tu pareja bailando lento con tu enemigo en tu propia fiesta. La TV Pública intentó aplicar la táctica del avestruz: no mostrarla. Pero Villarruel hizo lo que mejor sabe hacer cuando la quieren borrar: se metió entre la gente, bailó, saludó, y convirtió el intento de invisibilización en una escena de rebeldía folklórica. Fue básicamente un: “¿No me enfocan? Perfecto. Ahora soy tendencia.” No es nuevo. La vice tiene un talento quirúrgico para incomodar sin romper el vidrio. Viaja, sonríe, se fotografía con propios y ajenos y deja flotando la duda como olor a pólvora. Ya lo hizo con gobernadores opositores y con aquella postal junto a Isabel Perón, que en su momento generó más interpretaciones que un horóscopo de mercurio retrógrado.
Su defensa es siempre impecable: “El Senado es la Casa de las Provincias.”, “Estoy recorriendo el país… y de paso, midiendo el terreno por si algún día hay que mudarse.” Lo que inquieta no es lo que hace. Es lo que insinúa sin decir. Cada gesto suyo es un signo de interrogación con tacos: ¿Está armando una salida propia?, ¿Se está guardando como Plan B?, ¿Está construyendo capital mientras otros queman nafta discursiva a 200 km/h? Del lado de Javier Milei, en cambio, la lógica es otra: menos amplitud, más obediencia. La eventual reelección ya disparó el casting del vice ideal: alguien que no sume ruido, no opine de más y, de ser posible, tenga botón de “modo silencio”. El nombre que hoy suena con más fuerza es Manuel Adorni, el hombre que logró lo imposible: explicar conferencias de prensa eternas sin que se le mueva un músculo. También aparece Patricia Bullrich, siempre lista para encarnar la versión política de un chaleco antibalas: dura, resistente y diseñada para sobrevivir a cualquier tiroteo electoral.
Mientras tanto, cada vez que Milei viaje —como ahora, rumbo a EE.UU. por actividades vinculadas a Donald Trump— Villarruel quedará a cargo del Ejecutivo. Y ahí ocurre el fenómeno más curioso: pasa de figura disruptiva a monja institucional. Habla poco, se muestra prudente y gobierna con perfil tan bajo que podría esconderse debajo de una baldosa. Pero la tensión sigue ahí. Latente. Como un enchufe pelado en un charco. El dilema del oficialismo es viejo como la política, ¿conviene un vice que traiga votos nuevos… o uno que traiga obediencia absoluta?. Todo indica que una vez más eligen lo segundo, aunque eso implique un riesgo clásico: terminar más cerrados que un asado vegano. Porque la interna Milei-Villarruel no es chisme: es síntoma. Y en la política argentina los síntomas nunca vienen solos. Siempre anuncian fiebre… y casi siempre, también, una próxima explosión.

