Lo de Lorena González del Valle es poesía pura. Pasó de ser la primera que patinó en Gran Hermano (donde no duró ni lo que tarda en hervir un fideo) a ser una especie de «Barbie Licitación».
Dice que lo llamó a Alberto y él le dijo: «Vení ya que tengo 2 horas para vos». ¡Ni Mirtha Legrand te da una audiencia tan rápido! En 2 horas no llegás ni a explicar qué es un ladrillo hueco, pero se ve que ellos tienen una conexión espiritual donde los pliegos de licitación se bajan por el canal Venus.
Ella jura que las obras se las ganó solita. Claro que sí, reina. Es puro azar. El universo conspiró, los planetas se alinearon y, ¡pum!, aparecieron 400 viviendas del Procrear en tu mesita de luz. Es como ganarse el Quini 6 seis veces seguidas justo después de ir a tomar el té con el que sortea las bolillas. ¡Qué coincidencia tan bárbara!. Pasó de los «hermanitos» a los «ladrillitos». Dice que no era la novia, que era una «relación». Una relación tan profunda que incluía asfalto, hormigón y partidas presupuestarias. Eso no es amor, es infraestructura sentimental antisísmica. Entró a la Quinta de Olivos como quien va a un after office y salió con una constructora que factura más que Disney. Si eso no es empoderamiento femenino, yo ya no entiendo nada.

