Lo difamaron, cargó con la epidemia de la fiebre amarilla y una tragedia naval, pero el contexto hostil no le impidió promover la tecnologÃa como cuenta el capÃtulo «La revolución de los telegramas» del nuevo libro de Daniel Balmaceda
Domingo Faustino Sarmiento marcó la historia argentina a su paso por cada una de sus actividades, pero fundamentalmente por la Presidencia. Ahora el sello Sudamericana de Penguin Editores ha lanzado «Sarmiento, el presidente que cambió a la Argentina», de uno de sus biógrafos que ha mostrado costados más interesantes del prócer, Daniel Balmaceda.Â
Sudamericana señala en su reseña sobre el nuevo libro: «Sarmiento renunció a la masonerÃa antes de asumir, vivió de prestado en casas de parientes y sufrió un grave atentado por parte del mismo bando que propició el asesinato de Urquiza. Cargó con la epidemia de la fiebre amarilla y la mayor tragedia naval de su tiempo. Completó su mandato en medio de una rebelión militar. Lo trataron de borracho, corrupto, inútil y anticonstitucional. Pero el contexto hostil no le impidió expandir los ferrocarriles y el telégrafo, promover la ciencia y la tecnologÃa, impulsar el uso de maquinaria agrÃcola, concretar el primer censo y fomentar el crecimiento de las economÃas regionales. Aunque algo arrogante, altanero y soberbio, su inteligencia le permitió adoptar lo mejor del modelo norteamericano que tanto admiraba. Las cartas Ãntimas a su mujer, amantes y amigos, sus peleas con las maestras norteamericanas, la cuestionada visión del gaucho, la polémica por la supuesta entrega de la Patagonia y el mito de la Casa Rosada son solo algunas de las originales historias que pintan un perfil amplio, a veces ignorado y, sobre todo, cautivador, del presidente que torció el rumbo del paÃs».
El libro se puede conseguir haciendo clic aquày abajo podés empezar a leerlo:
Sarmiento, el presidente que cambió el paÃs, por Daniel Balmaceda
INTRODUCCIÓN

Del amplio comedor de la casa de mis abuelos, los recuerdos traen aquella mesa larga siempre poblada. Los más chicos quedábamos lejos de la cabecera, presidida por mi adorado abuelo Carlos Felipe, quien de manera impensada, a través del amor y los conocimientos, influyó en mi feliz destino.
Pero no era el único que ocupaba la cabecera. Detrás de él, mirándonos con el ceño fruncido, y apuntándonos con el dedo Ãndice de la mano derecha, estaba Sarmiento. No he visto ese retrato en ninguna otra parte. Pero estoy convencido de que el gesto y las facciones pertenecen a su época de legislador luego de la presidencia.
A los más chicos nos parecÃa que el hombre del cuadro estaba retándonos, cuando en realidad dirigÃa un discurso cargado de energÃa a sus pares. Pensándolo bien, es muy probable que estuviera retándolos. Era un hombre terco, de mal carácter, altanero y gruñón. Esas son caracterÃsticas que marcaron sus contemporáneos. Pero también lo veÃan adorable, entusiasta, de buen humor y apasionado.
La realidad es que hubo y habrá un Sarmiento para cada cual. Asà como está el monstruo que detestaba a los gauchos, querÃa entregar la Patagonia a Chile y pidió la cabeza de López Jordán, en las antÃpodas se halla el visionario que amaba y protegÃa a los animales, que les dio la primera educación y herramientas para progresar en la vida a millones de nuestros abuelos y que impulsó la producción agropecuaria, principal riqueza de la tierra que pisamos.
El problema de aferrarse a los extremos es no poder conciliar los inevitables grises en la vida de las personalidades del pasado. Incomoda a los que aman a Sarmiento que haya dicho que no habÃa que ahorrar sangre de gaucho. A los que lo odian les perturba saber que es probable que al menos alguno de sus ascendientes dejó de ser analfabeto por la acción concreta del sanjuanino.
Asà como hay un Sarmiento a la medida de cada uno, también existe el propio, el que se verá a través de estas páginas. El libro se concentra en el apasionante perÃodo de su presidencia, que en los programas de estudio lamentablemente solo se sobrevuela por las necesidades del tiempo escolar. Lo que no significa que no repase otras situaciones de su vida estrechamente relacionadas con los seis años de gobierno.
¿Cómo progresar cuando las posibilidades de educación y de recursos son escasas o nulas? El autodidacta sanjuanino supo hacerlo. ¿Se puede llegar a la cima del poder cuando el propio partido ataca al candidato? ¿Y gobernar sin apoyo partidario? Él demostró que es posible.
Sarmiento enfrentó el primer magnicidio de nuestra historia, fue vÃctima del primer atentado a un presidente en ejercicio, organizó el primer censo nacional y duplicó la superficie del territorio argentino. Asumió la pesada herencia de una guerra en curso. Completó la presidencia en medio de una rebelión militar.
Separado informalmente de su esposa, durante el mandato vivió de prestado en dos casas de parientes. La prensa lo trató de borracho, corrupto, inútil y anticonstitucional.
Fue el hombre que multiplicó las escuelas en todo el paÃs; y el que una tarde disparó una ametralladora contra una de ellas. Fue quien vetó la decisión del Congreso de convertir a Rosario en Capital Federal de la República.
Esos y muchos otros episodios nos ofrecerán la mirada personal acerca del maestro sanjuanino que no participó de su campaña, que no tuvo «luna de miel» y que, por su carácter nada medido, fue objeto de burlas constantes.
Su presidencia generó un cambio notable en el devenir de la Nación. Supo rodearse de hombres de valÃa, como Vélez Sarsfield y Avellaneda. Tomó decisiones crÃticas cuando la urgencia lo requerÃa y cometió el pecado de bajar al llano a debatir en vez de continuar enfocado en los proyectos.
Los lectores van a disfrutar de la correspondencia privada y de ciertas anécdotas que pintan al hombre, pero sobre todo a la época.
Hasta aquà la introducción. Es tiempo de que el señor enojado del cuadro del comedor, que luchó por ver grande a su patria, abandone esa postura y se ponga en movimiento.
ACLARACIÓN
Con el fin de priorizar la clara comprensión por sobre la literalidad decidà modificar la sintaxis, y hasta alguna palabra, de determinados textos periodÃsticos y cartas; pero manteniendo en todos los casos el sentido original de los dichos.
EQUIPO DE CAMPAÑA
Abraham Lincoln recibió la bala mortal en un teatro de Washington, el 15 de abril de 1865. Exactamente un mes después, el 15 de mayo, Domingo Faustino Sarmiento arribaba a los Estados Unidos, acompañado por su nieto Augusto de once años, para iniciar su acción diplomática con el tÃtulo de ministro plenipotenciario del gobierno argentino.
El sueño presidencial siempre estuvo latente. Pero en esos dÃas, el desánimo iba ganando. La distancia lo marginaba del escenario público en un tiempo en el que las comunicaciones no eran instantáneas. ¿Por qué aceptó un cargo de prestigio, pero que lo alejaba de su ambición? Un cóctel de situaciones polÃticas y personales desembocó en la decisión de irse de la Argentina. Puede afirmarse que la misión diplomática le calzó de la mejor manera (de hecho, dejarÃa un muy grato recuerdo en el paÃs del norte). Sin embargo, el «maestro de escuela» Sarmiento ansiaba ser presidente. Se trataba de un deseo singular, de largo aliento y difÃcil de concretar debido a la forzada ausencia. A su favor, contaba con las ventajas de no desgastarse ante la constante exposición y el tiempo: en mayo de 1865, faltaban tres largos años para las elecciones en busca del reemplazante de Bartolomé Mitre.
Los Ãntimos de Sarmiento estaban al tanto de su gran objetivo. Por eso, cuando a los pocos meses sanaron las heridas y revivió el proyecto presidencial, se valió del puñado de personas de entera confianza. Un grupo compacto cuya primera misión era sembrar la semilla de la candidatura. Ellos podÃan tejer redes para ir aumentando, sin prisa pero sin pausa, el caudal de seguidores.
El sexteto que forjó la postulación estuvo integrado por dos cordobeses, un par de tucumanos y una dupla porteña. Los mediterráneos fueron Dalmacio Vélez Sarsfield -el mayor del grupo, nacido en 1800- y su sobrino MartÃn Urbano Piñero (1816).

