Victoria Villarruel descubrió tarde lo que en la política argentina se aprende rápido: cuando el poder se evapora, siempre queda Dios. La vicepresidenta, que alguna vez soñó con manejar el Senado como una general de hierro, hoy parece más cómoda entre misales, rosarios y pasillos eclesiásticos que en las reuniones donde se decide algo de verdad. Del despacho al confesionario, sin escalas.
Mientras Javier Milei arma poder como quien junta fichas en el TEG —evangélicos por acá, gobernadores por allá, algún empresario arrepentido por el fondo— Villarruel quedó convertida en una especie de reserva espiritual del oficialismo, una vicepresidenta en modo “stand by”, útil para las fotos solemnes y los actos donde hay que poner cara de recogimiento y silencio sepulcral.
La escena es casi bíblica: Milei multiplica los panes del poder, y Villarruel multiplica las oraciones. Él avanza, ella se arrodilla. Él negocia, ella bendice. Él suma aliados, ella inaugura oratorios como si fueran sucursales de un banco que ya no le presta crédito político. Porque cuando el Presidente te corre del círculo rojo, el incienso alivia, pero no manda.
La relación entre ambos es tan fría que podría conservar vacunas. No hay química, no hay diálogo, no hay sonrisas. Apenas una convivencia forzada, como matrimonio arreglado por la Constitución. Villarruel habla de “soportar desprecios” con tono de mártir, mientras Milei directamente actúa como si la vicepresidencia fuera un accesorio opcional, tipo cenicero en auto moderno.
Y así estamos: una vice que se repliega en la fe porque el poder la dejó en visto, y un presidente que amplía su base política como si estuviera armando una iglesia propia, pero sin curas tradicionales y con pastores más entusiastas que un público de talk show.
En la Argentina libertaria, el que no gobierna reza. Y Villarruel reza mucho. Demasiado. Porque cuando el poder se va, queda el cielo… pero el cielo no firma decretos.

