Lucas Costa aportó $3 millones a La Libertad Avanza en Formosa, y no, no fue por casualidad ni por cariño al mate: fue para que la campaña “avance” con estilo, como quien paga la entrada a un recital VIP. Y todo esto desde Zefico SA, la empresa donde el único empleado es Santiago Caputo. Sí, una compañía donde la nómina es más corta que la paciencia de un contador con café frío.
Pero la UIF, que no tiene vacaciones cuando se trata de plata sospechosa, se despertó y vio que entre abril y junio los Costa habían metido US$800.000 en la cuenta. “¿Lavado de activos?”, se preguntaron los funcionarios, mientras Lucas y familia seguían practicando el noble arte de la transferencia bancaria con la sutileza de un elefante en un bazar.
Paul Starc, el jefe de la UIF, se puso detectivesco: rastreó a quien filtró la info del ROS como si buscara al espía de una película, y terminó presentando una denuncia penal porque “esto es gravísimo”. Claro, sin mencionar que el único empleado de la empresa sospechosa era nada menos que Caputo, su recomendación presidencial. Casualidad, dirán algunos… o cábala familiar.
Santiago, mientras tanto, eligió facturar como asesor presidencial en lugar de asumir un cargo público, demostrando que ser “funcionario” es tan mainstream como pagar impuestos. Su hermano Francisco tampoco se quedó atrás: se infiltró en Camalu SA (Si!!! hasta le afanaron el nombre a nuestros conocido puesto de panchitos!!), otra empresa de los Costa, moviéndose en las sombras y haciendo de la política familiar un negocio a prueba de UIF.
En resumen: amistad + política + millones = fórmula infalible para que todos queden contentos… excepto los curiosos, que miran con cara de “¿y yo qué hago con mi monedero?”. En este clan, la lealtad se mide en cheques y transferencias, y los únicos que se ríen de todo son los Costa y Caputo… mientras el resto del mundo se queda leyendo la letra chica.