En Estados Unidos, donde más del 40% de los adultos vive en eterno romance con la XXL, algunos defensores de la salud pública están festejando esta noticia como si les hubieran regalado un gimnasio portátil. Otros, en cambio, miran con sospecha: ¿una pastilla que te hace adelgazar sin tener que llorar frente a una ensalada? —esto podría destruir civilizaciones, empresas… y combos familiares.
La industria alimentaria yanqui está con más miedo que un perro en Año Nuevo. ¿La razón? La FDA aprobó la primera pastilla oral para bajar de peso: la famosa Wegovy pill, invento danés que básicamente te promete que tu cuerpo deje de ser un monumento a la harina y vuelva a reconocerse en el espejo.
Hasta ahora había una versión inyectable, pero claro… mucha gente prefiere tragarse un alfajor entero antes que clavarse una aguja. Así que los científicos pensaron: «Si esta gente se inyecta solo diciembre cuando se vacuna por obligación, ¿cómo vamos a esperar que se pinchen para adelgazar?»
Y ahí nació la píldora salvadora.
En los estudios clínicos (nombre clave: OASIS 4, porque “sumidero de grasa” quedaba feo), quienes tomaron la pastilla una vez al día + dieta + ejercicio —sí, todavía hay que mover el cuerpo, no hace milagros— lograron perder en promedio 16,6% de su masa corporal. Una locura.
Eso sí: si tomás la pastilla y seguís merendando dónuts como si fueras un oso prehibernación… bueno, ya sabemos el final.
Además, el medicamento también reduce el riesgo de infartos y accidentes cerebrovasculares. Es decir: adelgazas y encima vivís para contarlo
En cinco años, el mercado estético podría triplicarse. Botox, cirugías, cintas abdominales por TV a las 03:00 AM… todos preparándose para que ahora cualquiera pueda bajar de peso sin tener que pagarle a un coach que grita “¡vos podés!” como si fuera un gurú con café en sangre.
Los expertos avisan: si millones de estadounidenses de repente dejan de comer como si no hubiese mañana, la demanda de azúcar, grasa y adicciones comestibles va a caer.
Imaginate al gerente de un supermercado diciendo:
—“¿Qué hacemos con cuatro pasillos llenos de Snickers?”
—“No sé, ¿y si los convertimos en un gimnasio?”
Sí, ese es el nivel de drama.
Cadenas de comida rápida ya están en Fase Psicológica 1: negación. Algunos analistas hablan de “su mayor desafío”, otros directamente dicen que McDonald’s debe estar buscando un cura para bendecir sus papas fritas antes de que desaparezcan.
El precio inicial rondaría los USD 149 al mes, dependiendo del seguro.
O sea: parecido a pagar un gimnasio… pero sin tener que ver gente sacándose selfies después de hacer media sentadilla.
Los medicamentos GLP-1 están explotando en el mercado. Novo Nordisk y Eli Lilly compiten como vedettes peleándose por la mejor función en Punta del Este. Ambas saben: el que gane este mercado controla lo más sagrado del siglo XXI —la autoestima humana.
Mientras los sanitaristas celebran como si hubieran vencido a la hamburguesa, otros preguntan: ¿Qué pasa si la gente deja de comer helado por tristeza? ¿Qué pasa si los supermercados se quedan solo con yogures descremados? ¿Qué pasa si Sears vuelve a existir porque todos ahora tienen talle S? El mundo está al borde de volverse aburrido y saludable, cuidado.

