No era una metáfora, ni una adivinanza, ni una consigna para un programa de juegos: querían saber dónde estaban los lingotes reales, esos que brillan y pesan más que las explicaciones oficiales.
El Banco Central, fiel a su estilo misterioso, respondió con frases dignas de mago: “Está bien guardado”, “confíen” y “no pregunten tanto”. Pero la Justicia no compró el truco. Revocó un fallo anterior y dijo que no alcanza con el clásico “quedate tranquilo”, sino que hay que explicar con lujo de detalles, sin humo y sin palomas mensajeras, qué hicieron con el oro, adónde lo llevaron y quién tiene la llave.
Según los jueces, esconder la información es peor que esconder el oro debajo del colchón, así que ordenaron que se termine el misterio. Nada de cofres secretos, mapas quemados ni finales abiertos: el oro puede moverse, pero la información no puede desaparecer. Y así, mientras los lingotes siguen callados, la Justicia dejó claro que en este país el oro podrá brillar… pero la transparencia tiene que brillar más

