En el fascinante circo del periodismo argentino —donde la libertad de prensa es como las promesas de campaña: se menciona mucho pero aparece poco— explotó un episodio que parece escrito por guionistas de comedia negra con resaca. La escena arranca así: en el diario Perfil había una nota lista, cocinada, servida, emplatada y con perejil arriba. Pero de pronto… ¡PUM! Desapareció. No se corrigió. No se editó. No se achicó. Se evaporó como sueldo el día que llega la tarjeta.
El periodista Agustín Colombo contó que la nota fue bajada con una velocidad que ni el VAR cuando el penal es para Boca. Según su relato, la orden la dió el mismo Fontevecchia, o sea no fue una sugerencia, fue un meteorito. ¿Y qué tenía ese texto? Nada grave… apenas hablaba de una pelea multimillonaria entre la AFA y el Grupo Clarín por el negocio del fútbol del Ascenso. Una pavada. Casi como discutir quién se queda con la caja fuerte del Banco Central. El artículo ya estaba diagramado, listo para salir en tapa. Pero alguien decidió aplicarle el famoso método editorial argentino: “no existe lo que no se publica”. Y listo: chau nota, chau debate, chau periodismo… hola silencio de lujo.
Lo más impresionante fue la prolijidad del operativo: la bajaron de la tapa, del interior y de la web. O sea, no fue censura… fue un exterminio periodístico premium con garantía extendida. Cuando la noticia molesta al poder, el periodismo pasa de ser “cuarto poder” a “decoración de oficina”, así que el mensaje final es clarísimo, en este país las noticias no se censuran, se “jubilan anticipadamente por razones empresariales”.

