Cabalgata de la Fe: entre la devoción gaucha y el estreno de una Difunta tuneada a nuevo
San Juan volvió a montar su postal más fiel: miles de jinetes, promesas a cuestas, polvo en el aire y esa mezcla infalible de fe, tradición y folklore que hace de la Cabalgata a la Difunta Correa algo más que un evento… casi una religión paralela con botas y bombacha.
La edición número 35 no fue una más. Esta vez, el gauchaje llegó con doble expectativa: cumplir con la santa pagana y, de paso, ver si las remodelaciones del santuario estaban a la altura del mito.
Y sí, pasaron la prueba.
La columna, nutrida y variopinta —con jinetes de distintas provincias e incluso del otro lado de la cordillera— volvió a confirmar que esta travesía no es solo una cabalgata: es una procesión a caballo, un desfile de identidad y una excusa perfecta para que el ADN sanjuanino se luzca sin filtro.
El recorrido fue el de siempre: salida, noche de fogones y camaradería en Caucete, y luego el tirón final hacia Vallecito. Pero el final tuvo condimento nuevo: un predio completamente renovado, pensado no solo para la fe sino también para el turismo, el espectáculo y —por qué no— el negocio que gira alrededor de la devoción.
Más espacios, mejores servicios, zonas gastronómicas y áreas de descanso. La Difunta, si levantara la cabeza, capaz no reconoce el rancho… pero seguro agradecería que ahora hay parrilleros de sobra.
Tras la llegada, el ritual se completó como manda la tradición: almuerzo, jineteadas, shows y esa liturgia pagana donde conviven la espiritualidad con el asado y el aplauso fácil.
Todo bajo un sol que esta vez acompañó —milagro incluido— y con una multitud que volvió a demostrar que, en San Juan, la fe no se discute: se cabalga.

