La guerra entre Irán, Estados Unidos e Israel lleva pocos días, pero ya ha producido algo más que un shock geopolítico. El cierre del estrecho de Ormuz amenaza una de las principales arterias del comercio energético global. Los ataques contra centros de datos en Bahréin han afectado infraestructura digital clave. El hub aéreo del Golfo canceló vuelos por tiempo indefinido. Qatar frenó parte de su producción de gas. En cuestión de días, un conflicto regional comenzó a propagarse a través de múltiples capas de la economía mundial. La pregunta que importa es por qué se propaga así.
Durante tres décadas, las guerras de Estados Unidos en Afganistán, Irak, Libia o Siria fueron grandes, costosas y estratégicamente controvertidas. Para los mercados globales, sin embargo, fueron episodios periféricos. Wall Street prestó escasa atención a los trillones que el Pentágono consumía en Kabul mientras la infraestructura del capitalismo global permaneciera intacta. La geopolítica existía, pero operaba en los márgenes del sistema.
La razón era simple: esas guerras se libraban fuera de la red. Afganistán no tenía cadenas de suministro que interrumpir. El petróleo iraquí era fungible y su precio, gestionable. Ninguno de esos teatros tocaba la plomería real de la economía global: los sistemas de pagos, las rutas de semiconductores, los cables submarinos, los nodos logísticos por donde circula el comercio mundial.
El conflicto actual es diferente porque Irán está dentro de esa red. Ormuz no es un teatro de operaciones periférico: es el cuello de botella por donde pasa cerca del 20% del petróleo mundial. Los centros de datos atacados en Bahréin no son instalaciones militares: son nodos del sistema nervioso digital de la economía del Golfo.
Lo que la globalización construyó durante décadas para maximizar la eficiencia, como rutas más cortas, concentración logística o integración digital, ha creado algo que nadie diseñó deliberadamente: una superficie de contacto entre economías que es, simultáneamente, una superficie de fricción geopolítica. Cada punto de integración es también un punto de vulnerabilidad. Cada eficiencia es también una exposición. La geopolítica, que durante años custodió la globalización, se ha convertido en su némesis.
Esta es la inversión fundamental que define el momento actual. Durante la era de la hiperglobalización, la interdependencia funcionaba como amortiguador: los actores con intereses económicos cruzados tenían incentivos para no destruirse mutuamente. Hoy esa misma interdependencia funciona como vector de transmisión: un conflicto que hace 20 años habría permanecido localizado ahora se propaga exactamente a través de los canales que la integración construyó. No a pesar de la globalización, sino por medio de ella.
El problema para las empresas es que los instrumentos con los que miden el riesgo político fueron diseñados para el mundo anterior. Los mapas de calor, los índices de riesgo-país, los modelos de escenarios: todos asumen que los shocks geopolíticos son eventos discretos que interrumpen temporalmente un sistema que luego se estabiliza.
Pero cuando la infraestructura que transmite los shocks es la misma que sostiene las operaciones normales, esa distinción colapsa. No hay un “después del shock” al que volver, porque el shock no altera el sistema desde afuera: lo recorre desde adentro.
Lo que Irán revela, en definitiva, no es solo la fragilidad de una región. Revela que la geografía del riesgo global ha cambiado de naturaleza. Ya no se trata de identificar qué conflictos pueden ocurrir en zonas periféricas y cuánto tardarán en resolverse. Se trata de entender que la red que la globalización construyó para conectar el mundo es hoy el mapa donde se libra la rivalidad entre Estados. Y que operar en esa red requiere algo que durante un tiempo pareció innecesario: saber leer el poder, no solo el mercado.
Federico Merke es Profesor Asociado de la Universidad de San Andrés

