Porque mientras el ciudadano común apenas consigue un antibiótico sin receta, en algún rincón del sistema sanitario circulan sustancias capaces de apagar elefantes… sin que nadie pregunte demasiado. Y no es una película, es la vida real versión argentina, donde el control es más decorativo que efectivo.
El problema no son solo los fármacos. El problema es quién los maneja. Y peor aún: quién debería controlarlos, pero no lo hace. Durante años nos vendieron la idea de que el sistema de salud era una especie de templo técnico, donde el conocimiento actuaba como barrera moral. Pero la realidad se encargó de dinamitar esa fantasía: el saber no vacuna contra la irresponsabilidad, y el guardapolvo no siempre viene con conciencia incluida.
Entonces aparece el cóctel perfecto, acceso irrestricto, controles laxos y una cultura del “esto nunca pasa”. Hasta que pasa, y cuando pasa, el sistema reacciona como siempre: tarde, mal y con cara de sorprendido. Como si nadie hubiera visto venir el elefante en el quirófano. Pero lo más inquietante no es el hecho en sí. Es la naturalidad con la que convivimos con estos agujeros negros. La normalización del riesgo. La peligrosa costumbre de mirar para otro lado mientras todo sigue funcionando… más o menos.
Porque en Argentina el problema no es que falten normas. Sobran. Lo que escasea es algo mucho más básico: la decisión de hacerlas cumplir. Y así, entre protocolos que no se controlan y responsabilidades que se diluyen, el sistema entero queda en evidencia. No por lo que dice ser, sino por lo que permite. Al final, el verdadero diagnóstico no es farmacológico, es estructural. La pregunta incómoda queda flotando, como anestesia mal dosificada, ¿Quién cuida a los que deberían cuidar?

