Es el clásico síndrome nacional: primero incendian el rancho con discursos épicos… y después aparecen con cara compungida preguntando quién fue el irresponsable que trajo los fósforos. El caso mendocino es una joya del realismo laboral mágico: un empleado que trabajó nueve años terminó con una indemnización equivalente a 37 años y medio de sueldo. No lo despidieron: lo jubilaron, lo canonizaron y casi le ponen estatua en la entrada de la fábrica. Luego la Corte bajó el monto a 21 años. Un gesto heroico de “prudencia”. Pasamos del delirio XXL al delirio tamaño familiar. Sigue siendo un premio digno de ganador del Quini, pero al menos sin yapa.
Y para condimentar el sainete, surge la duda: quizá ni siquiera era relación laboral sino una especie de sociedad comercial. O sea, el expediente ya no parece un juicio laboral… parece la separación conflictiva de dos socios de un parripollo. Mientras tanto, el sistema de ART navega con más agujeros que colador de fideos. Hay 130.000 juicios anuales. A este ritmo, pronto se declarará enfermedad laboral el esguince de dedo por firmar demandas. Varias aseguradoras quebraron porque no podían pagar. El modelo es simple: cobran como banco suizo… y cuando llega la cuenta, se evaporan más rápido que promesa electoral en marzo.
El capítulo licencias médicas ya directamente es ciencia ficción: tribunales aceptan juicios vencidos, certificados brotan como hongos y, de pronto, el país parece azotado por una extraña pandemia… de gente que “no ve bien”. No es que todos estén perdiendo la vista: el sistema es el que quedó miope. No distingue entre necesidad real y oportunidad lucrativa… pero detecta incentivos como halcón cazando ratones. Así funciona la maquinaria: certificados firmados con alegría, incapacidades infladas como precio de alquiler y una industria del juicio que produce expedientes en serie, como si fueran alfajores. ¿El resultado? Cuando la caja se vacía, los primeros perjudicados son los que realmente necesitan cobertura. Los vivos ya cobraron, los estudios ya facturaron… y el sistema queda como buffet después de excursión escolar: devastado.
Y entonces aparecen otra vez los mismos de siempre: sollozando como revolucionarios de utilería, los empresarios de los grandes grupos que viven a la sombra del estado por sus sobrefacturaciones, lamentándose como oradores sin aplausos, rasgándose las vestiduras con indignación premium… por el desastre que ellos mismos ayudaron a cocinar durante décadas. Milei promete reformas, orden, racionalidad. En Argentina, anunciar que se va a arreglar el sistema laboral tiene la misma credibilidad que prometer “solo una empanadita” en una reunión familiar en el Centro Valenciano, o en la casa del Ernesto Kerman. Nadie cree que termine ahí. Y siempre… pero siempre… termina en banquete.

