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Gisèle Pelicot: “Confiaba tanto en él que no podía imaginar que me estuviera manipulando”

Última actualización: 13 de febrero de 2026 11:24 pm
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PARÍS. – Es una de las historias de abuso sexual más atroces de la historia. Gisèle Pelicot fue drogada y violada repetidamente por la persona en la que más confiaba en el mundo: su esposo, Dominique Pelicot, quien también invitaba a decenas de hombres a su dormitorio para que la violaran mientras ella estaba fuertemente sedada.

El abuso empezó en 2011, pero Pelicot no se dio cuenta hasta 2020, cuando su esposo fue atrapado mientras filmaba ocultamente desde abajo a las mujeres con pollera en un supermercado cerca de su casa en el sudeste de Francia. Cuando la policía lo arrestó, descubrieron videos y fotos de su esposa siendo abusada por al menos 70 hombres, abusos que Dominique filmó y guardó.

Sin embargo, Gisèle siguió siendo un enigma, y salvo durante el juicio, nunca se sentó a contar su historia. Pero durante una entrevista de casi tres horas en París, ahora la mujer hace un racconto honesto y emotivo de los primeros años de su matrimonio, del precio que tuvo que pagar por el abuso y el posterior juicio, de la hecatombe que fue para su familia, y de cómo ahora, a pesar de todo lo que atravesó y de los interrogantes que aún le quedan, puede encontrar amor y algo de paz en su vida.

Gisele Pelicot llega a un tribunal en Nimes, en el sur de Francia Lewis Joly – AP

–Esta es la primera vez que la gente va a escuchar su historia en sus propias palabras. ¿Qué siente al tener que hablar públicamente del tema?

–Yo escribí el libro porque quería que mi historia les sirviera a los demás. También me permitió mirar hacia adentro, hacer un balance de mi vida y tratar de reconstruirme entre las ruinas. Cuando la gente escuchó los hechos durante el juicio, se debe haber preguntado cómo podía estar parada ahí. Bueno, yo necesitaba transmitir que soy una mujer que sigue de pie.

–Antes de seguir, me gustaría saber cómo quiere que me refiera a su exesposo.

–Señor Pelicot.

–Hablemos de la época anterior a lo que le hicieron. Usted ya estaba jubilada, y vivían en un pueblo llamado Mazan. ¿Qué clase de persona era entonces?

–Me jubilé poco después de los 60 años. Siempre trabajé, había criado a mis hijos y llevado una vida muy activa, y pensaba retirarme felizmente con el señor Pelicot. En la casa de Mazan había lugar para invitar a amigos y niños en las vacaciones. La llamábamos la casa de la felicidad, con sus cigarras, sus olivos y el sol. Cuando llegaban los nietos se metían directa a la pileta, y disfrutaba viéndolos crecer. Tenía una vida plena y feliz. Por supuesto que como todas las parejas tuvimos momentos difíciles y la vida no es un jardín de rosas, pero tenía la alegría de vivir con Pelicot. Todos nuestros amigos y familiares lo apreciaban. Estaba en buen estado físico y era alguien siempre dispuesto a ayudar. Yo solo conocía a un hombre amable y cariñoso. Y por eso es todo aún más aterrador…

–Gran parte del libro parece un intento de comprender con quién se casó realmente. ¿Cómo se conocieron? ¿Cómo era la vida de Pelicot entonces?

–Lo conocí en julio de 1971, éramos dos chicos de 19 años. Cuando lo conocí, era un chico tímido y su vida familiar era un poco más complicada que la mía. Su padre era un tirano, muy autoritario, y él tenía que darles a sus padres hasta el último centavo que ganaba. Fue violado de joven en el hospital, y después, a los 14, lo obligaron a presenciar una violación en grupo en una obra en construcción. Nunca fue a terapia, y su familia tampoco lo ayudó.

Decidimos casarnos muy jóvenes. Mi padre no lo aprobaba. Él se había vuelto a casar, mi madrastra no era buena conmigo, y yo lo único que quería era escaparme y tener una vida feliz. Y eso fue lo que pasó. Nos mudamos a las afueras de París, y al principio no teníamos mucho, pero estábamos enamorados y ambos queríamos formar una familia. Dicen que las historias de amor no terminan bien, y la mía terminó mal 50 años después. Pero de todos modos me aferro a los buenos momentos de esa vida.

Simpatizantes de Gisèle Pelicot aguardan su salida tras el veredicto contra sus violadores (Archivo)CLEMENT MAHOUDEAU – AFP

–Por lo que sabemos, Pelicot empezó a abusar de usted en 2011. Pero en 2013, cuando se jubilaron y mudaron a Mazan, la situación se aceleró. Fue entonces cuando empezó a experimentar pérdidas de memoria inexplicables. ¿Puede hablarme de esos desmayos?

La primera vez fue en 2011 y no tengo recuerdos del hecho. Lo recuperé más tarde, ante el juez de instrucción, cuando me enteré de que mi primera violación tuvo lugar el 23 de julio de 2011. Recuerdo haberme despertado por la noche y haberme dado cuenta de que a Pelicot le pasaba algo, porque le dije: “¿Qué hacés? Dejame tranquila”. Y como estaba sedada –aunque no lo suficiente, y creo que él ya estaba experimentando con las dosis que me daba–, volví a dormirme y me desperté como a las seis de la tarde del día siguiente. Le pregunté: “¿Cómo no me despertaste?”. Y él dijo: “Estabas cansada, te dejé dormir”.

No volví a pensar en eso, pero en septiembre de 2013 volvió a pasar lo mismo –solo que esta vez no me desperté durante la noche–, y al día siguiente me puse los pantalones que había usado la noche anterior y vi que tenían manchas, como de lavandina, y me pareció raro. ¿Qué había hecho? Como no recordaba la noche anterior, le pregunté a Pelicot que en ese momento estaba en el jardín. “Doumé”, le dije llamándolo por su apodo, “¿No me estarás drogando, no?”.

Lo dije con el mismo tono con el que le preguntaba qué quería comer o si quería salir a pasear. En otras palabras, mi inconsciente hizo la pregunta, pero como si estuviera bromeando. Y entonces, para mi gran sorpresa, se puso a gritar. Me dijo: “¿Te das cuenta de lo que me estás diciendo? ¿Qué clase de persona creés que soy?”. Su respuesta me desconcertó por completo, y terminé disculpándome. Después de eso, nunca más se lo volví a mencionar. Mi inconsciente había detectado algo, pero lo enterré.

–En un momento usted dejó de manejar porque sus lapsus de memoria eran cada vez más frecuentes. ¿Cómo era la actitud de Pelicot en ese momento?

–Cuando empecé a tener esos desmayos y lapsus de memoria, le dije: “Tengo que ir al médico, me parece que tengo algo grave”. Él me dijo: “Seguro que no es nada, vas a preocupar a tus hijos”, pero yo quería estar segura. La primera vez que fui al neurólogo él me acompañó, porque me daba miedo el diagnóstico. Le dije al médico que estaba muy preocupada porque no recordaba la noche anterior: ver una película, cepillarme los dientes, lo que hacía justo antes de acostarme. Me hicieron algunas pruebas, como pararme en una pierna para ver si podía mantener el equilibrio, y cuando volví a sentarme el neurólogo me dijo: “Me parece que tuviste un miniaccidente cerebrovascular. Puede pasar, así que no te preocupes, no es nada”. Así que me fui con Pelicot, y en el coche me dijo: “Viste que no era nada”.

Pero los apagones de memoria seguían. Así que pedí cita con otro neurólogo y les dije a mis hijos que se prepararan, porque su madre presentaba todos los primeros síntomas del Alzheimer. Me estaba preparando para el final. Pensaba que me quedaba muy poco tiempo de vida. Pelicot incluso me acompañaba al ginecólogo, porque tenía problemas ginecológicos. Mucha gente me pregunta: “¿Cómo es posible que no te hayas dado cuenta?”. Pero esa es la realidad. Confiaba tanto en él que no podía imaginar que ese hombre me estuviera manipulando. Me repetía que yo era el amor de su vida. Nadie trataría así al amor de su vida. Era impensable.

Un graffiti pide justicia por Gisèle Pelicot y por todas las mujeres en su situación MIGUEL MEDINA – AFP

–Hablemos de cuando se enteró de lo que realmente estaba pasando. En 2020, Pelicot le contó que lo habían pescado filmando desde abajo a mujeres con pollera en un supermercado local. ¿La shockeó?

–Me costaba creerlo, porque nunca había hecho nada por detrás. En 50 años, nunca había visto nada. No era un hombre que hiciera bromas sobre las mujeres ni que se comportara con ellas de forma inapropiada. Le pregunté qué le había pasado y me contestó que tuvo ese impulso. Como nunca había hecho algo parecido, le dije: “Te voy a ayudar, tenés que ver a alguien, no podés seguir así. Y esas mujeres necesitan una disculpa, Por ahora te perdono, pero no habrá una segunda vez. La próxima, me voy”. Y él respondió: “No te preocupes, ya aprendí la lección”.

Le creí, y eso es lo que me aterra, incluso hoy. ¿Cómo pudo mirarme a los ojos y hablarme así? Lo mismo que aquel último desayuno, el día que descubrí la verdad. Desayunamos como si nada hubiera pasado.

–Ese último desayuno fue dos meses después del episodio del supermercado, el día que la policía los convocó a ambos a la comisaría. Ahí es cuando usted se entera de lo que realmente estaba pasando. Sé que es un momento increíblemente doloroso, pero ¿cómo fue? ¿La sientan y qué le dicen, qué le muestran?

–Pensé que íbamos a hablar de las imágenes del supermercado. Pelicot entró primero. A mí me llamaron como media hora después, y cuando subí al primer piso y llegué a la oficina del teniente Perret, suponía que Pelicot seguía ahí, pero no estaba. Pensé que tal vez era normal, que nos tomaban testimonio por separado para saber si él decía la verdad. Así que me senté, y como era la pandemia, teníamos barbijo. Perret me dijo que me lo quitara y empezó a hacerme preguntas: nombre y apellido, la edad de mis padres. Admito que empecé a preguntarme porqué tantas preguntas.

Y las preguntas se volvían cada vez más específicas: ¿Cómo es su marido? “Un buen hombre, atento, cariñoso, llevamos 50 años juntos y nunca he tenido problemas salvo por este incidente”, respondí. Y entonces el tono del interrogatorio empezó a cambiar y me preguntó si con Pelicot practicábamos el intercambio de parejas. Yo no entendía por qué me preguntaba eso y le dijo: “Claro que no. ¿A mi edad? Además, soy muy pudorosa, la sola idea de que me toque otro hombre me parece impensable”. Y entonces vi que su rostro empezaba a cambiar.

Sobre su escritorio tenía una montaña de archivos. Me dice: “Señora Pelicot, lo que le voy a decir no le va a gustar”. Yo empezaba a preocuparme, se me aceleró el corazón. Me dice: “¿Ve ese montón de cosas?”, y abre una carpeta para enseñarme una foto. Me pregunta: “¿Se reconoce en esta foto?”. Y claro, yo no me reconocí, porque estaba con un hombre que no conocía y que me estaba violando. Le dije: “No conozco a ese hombre”, y pensé: “Esa no soy yo”. Me enseña una segunda foto, prácticamente igual, y me dice: “Esa de ahí es usted”. Le digo que no, y me dice: “Esta es su habitación, señora Pelicot, estas son sus lámparas de noche. Registramos su casa, estas son sus cosas”.

En ese momento, mi mente entró en disociación. El teniente Perret quería mostrarme videos. Le dije: “No, ya no puedo, no puedo”. Y me dijo: “Su esposo quedó detenido, no se va de acá con usted. Señora, usted tiene que saber que la han violado más de 200 veces. Hay 53 personas detenidas”. Más tarde me enteré de que había 20 o 30 más que no habían sido arrestados. “Pero eso es imposible”, le dije, y pedí un vaso de agua porque ya no podía hablar.

Tenían todo preparado, había una psicóloga presente. Yo lo único que quería era irme a casa, porque todo eso era imposible, no podía ser cierto. Estaba básicamente en otro mundo. Y entonces llega la psicóloga y me habla, pero no logro escucharla. El teniente Perret me acerca hasta casa con uno de sus colegas y al llegar me dice: “Llame a alguna amiga, no se quede sola en la casa, porque corre peligro”. La policía sabía que no habían detenido a todos. Así que llamé a una amiga, pero seguía no en negación, sino en incredulidad total. Cuando llega mi amiga y pregunta qué pasa, le digo: “Dominique está preso porque me violó y me hizo violar”. Creo que fue la primera vez que dije esa palabra. Me llevó casi cinco horas asimilarlo, pero en ese momento pude decirle a mi amiga la la palabra “violación”.

–Es inimaginable para cualquiera recibir esa información sobre la persona con la que se llevan 50 años de casados. ¿Cómo fue ver esa versión de usted misma en estado de inconsciencia?

–Devastador. Era una muñeca de trapo. Estaba completamente anestesiada. Al ver lo que me hacían esos hombres, ¿cómo es posible que mi cuerpo no sintiera nada? O sea que realmente fue anestesia. Por suerte no tengo recuerdos, porque creo que me habría suicidado. No habría sobrevivido a eso. Me dije a mí misma que no era yo. Era yo, pero no era yo. Pelicot me había disfrazado. Yo parecía una bolsa de papas. No tenía alma, nada. Esa mujer no era yo. Tal vez repetirme eso fue lo que me salvó.

Gisèle Pelicot habla a los medios al salir de la sede del tribunal de Aviñón (Archivo)Lewis Joly – AP

–Para quienes no siguieron de cerca el juicio, ¿me gustaría dar algunos ejemplos de la magnitud del abuso del que se enteraron en los meses posteriores. ¿Le parece bien? (Asiente con la cabeza) Pelicot buscaba hombres por internet para que la violaran estando fuertemente drogada, y filmaba meticulosamente esos encuentros. Eso ocurría sistemáticamente: después de que sus hijos vinieran a cenar, durante las vacaciones. En el libro usted cuenta que en determinado momento se le aflojó una corona de la boca, y que fue por “la violencia de los penes que me introducían repetidamente en la boca flácida”.

–Cuando la corona empezó a moverse yo estaba desayunando con Pelicot. Como era la pandemia, no podía ir al dentista a sacármela. Pero yo sabía que se me iba a caer y tenía miedo de tragármela. Se lo comenté y me dijo “Debés haber mordido algo”. Cuando descubrí los videos que mostraban la violencia que estos hombres me infligieron, en mi boca flácida –tienen que sujetarme la cabeza porque tengo la cara derrumbada, sin tono muscular– y Pelicot ni siquiera reacciona. No hay empatía, ni compasión por esa mujer que está ahí, completamente muerta en su cama. Fue increíblemente violento descubrir que no se privaron ni de eso. (Se pone a llorar).

–¿Quiere tomarse un momento?

–No, no pasa nada. Estoy bien.

–Lamento lo que le pasó.

–Pero es muy importante que la gente lo sepa. Yo sé que es un shock.

–Es un shock porque mientras usted intentaba procesar eso se enteró de que la policía también había encontrado fotos de sus nueras en la ducha, y de su hija Caroline dormida con ropa interior que no era suya, que dice no reconocer. Y sus tres hijos tuvieron que lidiar con lo que hizo su padre. Caroline tuvo una crisis nerviosa y terminó internada. Debe haber sido muy difícil compaginar ser víctima y madre de hijos adultos que también resultaron golpeados.

–El sufrimiento no necesariamente une a una familia. A veces la explosión arrasa con todo. Intentamos recuperarnos, cada uno a su manera y a su tiempo. Es cierto que lo que pasó Caroline es extremadamente doloroso. Me conmueve profundamente su sufrimiento, porque la duda no se va y es un infierno sin escape. No hay respuestas. Están esas dos fotos de ella dormida que dejan muchas preguntas y yo no tengo ninguna respuesta, y Pelicot tampoco se las dio.

–Durante el juicio, ¿cómo fue tener que ver día tras día a todos esos hombres en la sala?

–Vi sus rostros la primera vez que entré en la sala de audiencias, porque no los conocía. Nunca los había visto, porque siempre estaba inconsciente. Y cuando descubrí sus rostros, de personas de entre 22 y 70 años, fue realmente increíble pensar: “Estas personas entraron en mi dormitorio a violarme”.

Ellos decían que no había sido violación. Para ellos, el marido dio su consentimiento y les dijo: “Pueden pasar”. Se habían conectado a una página web, Coco.fr, en una sala de chat llamada “Sin su conocimiento”. Sabían exactamente por qué los juzgaban, pero tenían una forma de minimizar su culpa. Se consideraban prácticamente inocentes.

Fue duro para mí enfrentarme a su mirada. Una vez, uno de los acusados se me quedó mirando fijamente, como queriendo obligarme a bajar la vista. Pero yo le sostuve la mirada hasta que bajó la vista él: había entendido que no me iba a rendir. Todos intentaron quebrarme. Sus abogados me hacían preguntas para desestabilizarme, para humillarme. Fue entonces cuando empecé a alzar la voz, para poner fin a esa farsa.

Por suerte estaban todas las pruebas: las fotos, los videos. Cada vez que les preguntaban “¿La señora Pelicot dio su consentimiento?”, ellos decían, “Bueno… no”. “¿Violaron a la señora Pelicot?”, y respondían, “Eh… no”. Así que les mostraron los videos. Entonces empezaron a decir que Pelicot los había presionado, que le tenían miedo, pero al ver los videos, no hay rastro de violencia por parte de Pelicot. Hay violencia, sí, pero de ellos hacia mí. Una violencia real. Una violencia monstruosa.

Estaban tan en negación que incluso después de ver los videos seguían negando todo. Era increíble. Hasta sus esposas también vinieron a declarar. Decían: “Por supuesto que mi esposo, que mi novio nunca, nunca haría eso”. De hecho, si se hubieran invertido los papeles, creo que yo podría haber sido una de esas mujeres.

(Traducción de Jaime Arrambide)


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