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Fue la primera ciudad de Ucrania que frenó la invasión y ahora rechaza el plan de paz de Trump

Última actualización: 22 de noviembre de 2025 8:03 pm
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MYKOLAIV, Ucrania.- “El acuerdo es una mierda”, se queja Viiktoria, sin matices, sobre el plan de paz que el presidente Donald Trump busca que Ucrania firme para terminar la guerra, aunque otorgue importantes concesiones al Kremlin. Viiktoria vive en esta ciudad del sur de Ucrania que al comienzo de la guerra se ganó el título de ser la primera que logró repeler el avance ruso y donde ahora algunos temen, como en buena parte del país, que los más de tres años de resistencia hayan sido en vano.

Es fin de semana y las plazas de Mykolaiv están repletas de gente que busca absorber el sol tibio del mediodía, como si pudieran almacenar su calor ante la amenaza del invierno más crudo de toda una generación.

Nadie interrumpe su paseo cuando empieza a sonar la alarma antiaérea. “Pasa todos los días, estamos acostumbrados”, explica Viiktoria. Todos miran las notificaciones de sus teléfonos. Si es un misil balístico tienen no más de cinco minutos para buscar refugio. Ninguno se inmuta, así que debe tratarse de un dron.

Un hotel cerrado, afectado por bombardeos

Esta ciudad de 500.000 habitantes fue un importante centro industrial durante los tiempos de la Unión Soviética, donde estaban los astilleros que construían los barcos más poderosos del ejército rojo, incluidos tres portaaviones. Allí se fabricó también el Moskva, el buque insignia de la flota rusa en el Mar Negro. “En el primer mes de la guerra Ucrania lo hundió”, dice con gesto irónico Yurii Hranaturov, vicejefe de la Región Administrativa Militar de Mykolaiv.

“No puedo entender. Nadie pensaba que Rusia podía atacarnos, todos estábamos sorprendidos”, recuerda.

Mykolaiv carga con el orgullo de frenado el avance ruso a comienzos de la guerra. Su caída le hubiera dado al ejército de Vladimir Putin vía libre para avanzar hacia Odessa, y de ahí dejar a Ucrania sin salida al Mar Negro. Pero resistieron. La línea del frente está a apenas 40 kilómetros de aquí, en la localidad de Kherson.

Yurii Hranaturov, vicejefe de la Región Administrativa Militar de MykolaivGentileza

“Es una ciudad heroica que ayudó a todo el sur del país”, insiste Hranaturov a LA NACION. Gira su cabeza para ver un patrullero que pasa con la sirena encendida e interrumpe su discurso. “No hay robos durante la guerra”, dice, orgulloso.

“Vamos a defender el país todo lo que haga falta”, dice sobre el acuerdo de paz que Donald Trump quiere imponerle a Volodimir Zelensky, y que muchos en este país no ven como otra cosa que una capitulación.

Una recorrida por el centro con las autoridades regionales muestra las heridas abiertas que dejó la guerra. Un enorme hospital destruido. El edificio principal de un astillero con las ventanas destruidas y en el exterior un mural de Lenin dañado por el fuego ruso. Marcas de artillería en la vereda. Un hotel cerrado parcialmente en ruinas.

Una escuela cerca del mayor astillero fue reconstruida, pero ya dejaron de arreglarles las ventanas, que estallaron en distintos ataques. Ahora están tapiadas y los alumnos estudian sin ver la luz del sol en el aula.

El mural de Lenin dañado por el fuego ruso

Más adelante hay que pasar un retén militar para llegar a la calle donde funcionaba el edificio de la administración militar regional. Un misil Kalibr ruso lanzado desde el Mar Negro lo atravesó por completo en las primeras semanas de la guerra y dejó un gigantesco hueco en la parte superior. El jefe militar se salvó por un pelo porque estaba tomando un café. Pero 37 personas no tuvieron tanta suerte.

Justo enfrente, en una de las avenidas principales, hay dos líneas de tanques rusos capturados destruidos, exhibidos como un museo al aire libre de la guerra. Algunos tienen la Z que los identifica como rusos. Un chico juega sobre de ellos. Alrededor, la gente sigue su vida. Una pareja joven se abraza en un banco en la plaza y sobre la esquina una novia se saca fotos antes de la boda.

El primer año había ataques todos los días con diferentes tipos de armas, desde misiles balísticos hasta bombas de racimo. “El último ataque con un misil balístico a principios de mes”, dice Viiktoria, que no oculta su rabia con este delicado contexto, un día después del dramático discurso de Zelensky en el que le dijo a la población que debía elegir entre perder la dignidad o perder un aliado.

“Es un acuerdo ruso. No hay justicia para Ucrania, para tantos soldados muertos. Tenemos responsabilidad por nuestros muertos, tenemos derecho a vivir en libertad. Es como si en la Segunda Guerra Mundial los otros países la hubieran dicho a Hitler que siga. Los rusos no pueden decirnos lo que tenemos que hacer”, agrega.

Un edificio destruido tras un un ataque ruso en Mykolaiv, Ucrania, el 20 de julio de 2023

Ucrania no tiene buen recuerdo de los acuerdos que Estados Unidos y Rusia la han forzado a firmar, como el memorándum de Budapest de 1994, por el cual entregó el arsenal nuclear que le había quedado de la etapa soviética a cambio de que se respetara su integridad territorial. Putin incumplió su palabra con la anexión de Crimea de 2014, considerada por la comunidad internacional como una violación de ese memorándum, y que sería apenas el anticipo de la invasión a gran escala de 2022.

Viiktoria tiene dos hijos de 6 y 11 años que solo conocen al país en guerra y que saben mejor que ella cuántos minutos tienen para protegerse desde que reciben la alerta en el celular según el tipo de ataque. El más chico de ellos a los dos años ya sabía decir “misil”.

Cuenta que todos los días hay cortes de energía programados de hasta 16 horas, pero que la gente se las arregla para vivir. Son una consecuencia de los persistentes ataques rusos contra la infraestructura energética, una estrategia de guerra justo antes del invierno.

“Vemos la televisión con generador, buscamos otras maneras de calefaccionar. Seguimos yendo al teatro, a ver fútbol, a conciertos”, relata. “No podemos tener miedo. Si nos encerramos en un refugio a llorar, Rusia gana”.


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