Llega el fin de semana largo de Carnaval y en San Juan se repite un clásico más infalible que el choripán en la cancha: los departamentos turísticos están llenos… y en la Capital todavía miran el teléfono esperando que suene.
La postal es conocida. Mientras Calingasta, Iglesia, Valle Fértil y Jáchal ya tienen ocupación casi completa —con turistas que reservaron hace semanas y hasta preguntan si el cerro trae wifi— en el Gran San Juan el movimiento es más parecido a un lunes a la siesta.
Los operadores turísticos lo explican sin dramatismo: el sanjuanino promedio decide viajar con el mismo método con el que elige qué comer… cinco minutos antes y según el humor del momento. Por eso, las reservas en la ciudad siempre aparecen a último momento, cuando alguien mira el calor, la billetera y dice: “Bueno, vamos a algún lado porque si no nos derretimos”.
En los destinos de montaña, en cambio, el panorama es otro. Allí los hoteles ya están prácticamente completos, los complejos preparan asados para multitudes y los comerciantes frotan las manos esperando el aluvión de visitantes que llegan buscando aire puro, paisajes y una excusa para desconectarse del trabajo… aunque no del celular.
El fin de semana XXL es uno de los grandes salvavidas económicos del verano: mueve restaurantes, estaciones de servicio, almacenes, ferias y hasta al vendedor de hielo que, durante esos días, se transforma en una especie de magnate temporal.
En el sector turístico reina un optimismo prudente, ese que en San Juan se traduce así: los destinos estrella ya hicieron la caja y el resto espera el milagro clásico del feriado largo… cuando aparece el turista improvisado que decide viajar porque vio un estado de WhatsApp con pileta y dijo la frase que sostiene media economía local:
“Che… ¿y si nos vamos aunque sea dos días?”

